África: Gambia, la sonrisa de Senegal

¡Hola!

Aquí os dejo un artículo que ha escrito Betty sobre su visita a África, que estuvo bastante gafada. Me ha parecido que estaba tan bien redactado y me ha hecho tanta gracia la anécdota del taxi que no he podido evitar publicarlo hoy, aunque quería esperar a la semana que viene.

Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

Judith

Al be ñaading (“hola”, en mandinga).

Se dice que Gambia, vista desde un mapa, parece la sonrisa de Senegal (según los románticos), el estómago de Senegal (según los pragmáticos) o el relleno del bocadillo (según los cínicos).

Mapa de Gambia y Senegal

Mapa de Gambia y Senegal

En muchas guías y webs leí que Gambia y Senegal eran las mejores opciones para adentrarse en lo que se llama “África negra”, y creo que es cierto, ya que están en un término medio entre lo idílico y lo desolador. Es decir, no gozan de un interés turístico ni de una flora y fauna tan espectacular como la que se ve en los documentales sobre Kenia o Tanzania, por ejemplo, pero tampoco la pobreza y la hambruna es tan acusada como cuando vemos imágenes de Somalia o Etiopía.

Mujeres en Serrekunda

Mujeres en Serrekunda

En Gambia no pasa nada

Gambia, no pasa nada” o “Españoles, no problema” es lo que dicen a todas horas para tranquilizar a los turistas cuando se les acercan para pedir u ofrecer algo. Es irónico porque, realmente, hay poco que hacer en Gambia, turísticamente hablando. Allí chapurrean mucho el español, y gracias a Messi y compañía, los catalanes sobre todo, somos muy bien recibidos. También dicen mucho “Hola, hola, Coca-cola”, ellos sabrán por qué.

Gambia es un país muy pacífico y la gente es muy, muy agradable, pero también puede llegar a ser muy pesada. Lo digo sin acritud y sin prejuicios, pero es que te ven blanco y turista y no puedes dar dos pasos sin que se te echen encima para ofrecerte o pedirte algo, más aún si llevas algo de valor encima. Los gambianos no te robarán ni te harán daño, pero no tienen límite en hacerse pesados hasta que no lo soportes más y acabes dándoles algo solo para que desaparezcan de tu vista. Después de este viaje, no me cuesta nada quitarme de encima a los comerciales pesados y a los testigos de Jehová. África me ha hecho más fuerte.

Allí descubrí qué debe sentir una celebrity. Nada más llegar al aeropuerto de Banjul se nos avalanzó una multitud de gente ofreciéndose a llevarnos en taxi y algunos hasta te cogían el equipaje sin decir nada y se iban, con lo que tenías que ir detrás, esquivando a la marabunta, para recuperarlo y negociar con ellos. Fue un rato de histeria que me hubiera gustado poder inmortalizar.

En el aeropuerto no estábamos tan tranquilos como estos

En el aeropuerto no estábamos tan tranquilos como estos

Su moneda es el gambian dalasi y vale mucho menos que el euro (1 dalasi (GMD) = 0,02€), lo que hace que viajar allí sea relativamente barato, aunque según cómo se mire. Los imprevistos están a la orden del día debido a las malas infraestructuras, y por todo tienes que pagar, ya que no hay alternativas, y si además no controlas lo de las propinas, puede que se te escape el presupuesto más de lo que crees. Por otro lado, al revés que en Europa, el alcohol y el tabaco son mucho más baratos. Al cambio, un paquete de Marlboro te podía costar unos 30 céntimos.

Ya que Judith está tan cervecera, pongo la cerveza de Gambia. Buenísima.

Ya que Judith está tan cervecera, pongo la cerveza de Gambia. Buenísima.

Al fin, conseguimos coger un taxi hecho polvo que tendría más de veinte años y el taxista Buba Bob Marley (así decía llamarse) puso un cassette de reggae y me dio una manivela oxidada por si quería bajar la ventanilla. El aire olía diferente (y no me refiero al tópico de que las personas de color huelen mal, que no me lo pareció en absoluto, salvo alguna excepción, claro, igual que aquí), si no a algo exótico y agradable. Era enero pero era verano. Todo estaba oscuro y bastante desierto. Aún no teníamos claro si aquello era un taxi (porque era de color verde) ni si el taxista era de fiar o no (porque nos había visto cambiar mucho dinero en el aeropuerto), pero en ese momento, me sentí más viva que nunca. Por fin fui consciente de que la aventura había empezado.

El hotel, según las críticas que tenía, pensábamos que sería bastante cutre, porque era el más barato que vimos. Para nuestra sorpresa, era una maravilla de dos estrellas; una especie de resort, con piscina, bungalows y jardines llenos de monos saltando por los árboles. Para nuestra decepción, que íbamos, como aquel que dice, con ganas de ver tribus y leones, aquello estaba lleno de guiris, blancos como la leche. Estábamos en una zona básicamente turística de Serrekunda, la ciudad más grande de Gambia. Como había sido colonia inglesa, básicamente había ingleses.

Complejo hotelero África

Si no fuera por la mirinda, digo… la Fanta de hace treinta años, podríais pensar que estoy en Salou, pero no, es África. De verdad.

Lo que estoy comiendo ahí, que parece un arroz a la cubana, se llama Domoda y es el plato típico gambiano. Está hecho a base de pollo, crema de cacahuete, ajo, cebolla, tomate y arroz, aunque se le pueden poner más cosas. Ese en concreto sabía a paella requemada. Los camareros eran increíblemente simpáticos.
Como todo complejo turístico que se precie, el hotel también ofrecía espectáculos.

El de la cara pintada no hacía más que mirarme fijamente y a partir del 1:03, me dio cosilla seguir grabando. Los movimientos obscenos de cadera no se llegan a ver pero, con esa cara, creedme, daba cosilla.

Tranquilos, no somos de esos que viajan para no salir del hotel

La idea principal era pasar dos días en Banjul (capital de Gambia), luego dos semanas de ruta por Senegal y volver a Gambia, una semana más. Como viajábamos con Spanair y la compañía quebró a mitad del viaje, tuvimos que quedarnos en Senegal, así que en Gambia solo estuvimos dos días, pero hicimos algo más que estar en el hotel bebiendo mirindas y cervezas a 20 céntimos. También vimos otras cosas, como la playa (primera vez que vi el Océano Atlántico).

Kololi Beach

Kololi Beach

Nos hicimos amigos de Baba, un hombre que nos hizo de guía y nos ayudó mucho a movernos por allí, ya que al ir con él, la gente no nos avasallaba tanto. Le conocimos en la calle, fue uno de tantos que vino en plan pesado pero nos cayó muy bien. Hablamos con él durante un buen rato, de pie, bajo el sol (africano) de mediodía. Un vecino que llevaba rato observándonos, nos trajo un banco para que nos sentáramos a la sombra. ¡Qué gente más maja!

Xavi y Baba en la sombra. Yo en el sol. ¿?

Xavi y Baba en la sombra. Yo en el sol. ¿?

Baba nos consiguió un taxi y nos acompañó a pasar el día por Serrekunda, una ciudad que, básicamente, es un mercado enorme, por el que merecería la pena pasearse tranquilamente. Allí mucha gente no quiere que se les haga fotos, así que mejor pedir permiso o ser discreto.

Mercado de Serrekunda

Mercado de Serrekunda

Después de visitar Serrekunda, camino del hotel, el taxi empezó a hacer tonterías: que si ahora se para, que si ahora no arranca, que si ahora hace ruido, que si ahora empieza a echar humo… ¡Dios! ¡Que va a explotar el motor! ¡Fuera, todos fuera! ¡Pum! En cinco minutos el taxi estaba carbonizado. Me sentí como la superviviente de una peli de acción. Sólo era el segundo día en África, no había más remedio que tomárselo con humor.

Pánico taxi africano

Mi cara de Simpson cada vez que subía a un taxi. Extintor a mano.

Llegamos al hotel haciendo autostop, con Baba. Llamó a otro taxista y fuimos a visitar Banjul. No es que sea una ciudad con mucho atractivo. Lo más destacado que pudimos ver es el Royal Albert Market (más de lo mismo; calles y calles llenas de mercado, paradas de fruta y verdura, de ropa, de manualidaes, de instrumentos, etc.) y, prácticamente, el único monumento de la ciudad, junto con un par de mezquitas: el Arch 22, un arco en la entrada a la capital construido en 1996 y diseñado por el arquitecto senegalés Pierre Goudiaby, que conmemora el golpe de estado militar que tuvo lugar el 22 de julio de 1994. Mide 35 metros de altura, con lo que se pueden ver las vistas de la ciudad, y dentro, alberga un museo textil.

Arch 22

Arch 22

Lo último que pudimos visitar fue la desembocadura del río Gambia (de ahí el nombre), un río navegable que atraviesa todo el país, y que su orilla estaba llena de comerciantes y pescadores. Todo tenía un aspecto bastante decadente pero la gente transmitía mucha calma.

barco playa africana

Cayuco y gato (parece el nombre de una peli japonesa)

Trabajo africano

Sus quehaceres

Africa decadente

A esto me refiero con decadente…

Al estar solo dos días, tengo la sensación de que nos perdimos cosas mucho más interesantes pero también de haber conocido gente totalmente diferente que —aunque suene a topicazo—, pese a tener muy poco, no pierden la sonrisa y la generosidad.

Próximamente, si no os he aburrido ya demasiado, os contaré nuestra lucha por la supervivencia en Senegal y cómo un viaje no se puede gafar más.

Fo tuma doo (“adiós”, en mandinga).

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