Grabados Precolombinos

Aventuras en Solentiname, el archipiélago dulce

El autor que relata esta súper aventura es mi viejo amigo de la escuela Adrian Gartzke. No os imagináis la ilusión que me hizo que quisiera escribir una anécdota, porque sé cómo es de divertido, porque sabía que había estado en Nicaragua y porque me imaginaba que había vivido por ahí mil aventuras. Por cierto, un momento cumbre para mí fue cuando recibí hace dos semanas un mensaje de su padre diciéndome que se partía con el blog.
Comparto el artículo hoy en lugar del miércoles, porque ya casi tengo terminado el vídeo de A Coruña y lo publicaré mañana.

Disfrutad del escrito y de las fotografías. ¡Gracias Adri!

Hace dos años estuve algo más de seis meses en Nicaragua, cooperando con una ONG. Aprovechando que tenía que salir a Costa Rica para luego volver a entrar y renovar el visado, hice algunas paraditas turísticas por el camino. Una de ellas, y creo que la más mágica, fue una corta pero intensa visita a Solentiname.

Solentiname es un pequeño archipiélago compuesto por 4 islas principales y otras 32 más pequeñas. A diferencia de la mayoría de archipiélagos, no se encuentra en el mar, sino en El Gran Lago de Nicaragua, caracterizado por ser el segundo lago más grande de América Latina (supera en extensión a la provincia de Barcelona) y albergar la única especie de tiburón de agua dulce conocida. Además de ser una reserva espectacular de flora y fauna, también lo es de historia y cultura, pues se han encontrado esculturas y grabados precolombinos. Si ya en Nicaragua la explotación turística está muy limitada, en estas islas lo está mucho más, dándole un toque de pureza y tranquilidad que en pocos sitios puede encontrarse.

Grabados Precolombinos

Grabados precolombinos

Mínimo presupuesto, máximo disfrute

Desembarqué en la isla principal, Mancarrón, con la idea de (sobre)vivir tres días con lo puesto, un rollo un poco entre Mowgli de El Libro de la Selva y el Último Superviviente (pero sin comer mierda). Para ello llevaba en la mochila la ropa más que justa, un botiquín-neceser básico, una hamaca, una manta, comida de sobras y una pequeña olla. No es solamente que sea rata (que lo soy, y hasta límites insospechados) y prefiera viajar más a costa de reducir lujos, también me lo paso como un chiquillo buscándome la vida para dormir o comer como sea. He de reconocer que echándole morro todo sería más fácil, pero no es mi caso; yo soy más de intentar dar algo de pena, a ver si alguna alma caritativa se apiada de mí y me ofrece alojamiento y/o comida, y si no se da el caso, pues tampoco pasa nada.

Embarcadero de la isla de Mancarrón

Calle y casas típicas

La primera noche funcionó la técnica. Mientras cenaba a oscuras en el parque infantil del pueblo, un buen hombre se me acercó y preguntó si no tenía sitio para dormir, que había algún alojamiento en la isla. Tras comentarle que no quería gastar mucho dinero y preguntarle si era posible dormir con la hamaca por allí en medio, me ofreció colgarla en el porche de su casa. A la mañana siguiente me enseñó muy amablemente el local del gremio de artesanos de la isla (todas las familias se dedican a tallar y pintar figuritas de madera) y le compré un llavero como agradecimiento, que me costó 20 córdobas (unos 70 céntimos de euro, así que no había excusa). Me fue de perlas aquella noche para avivar la hoguera. Es broma, aún lo conservo.

Durante el día me dediqué a explorar la isla. Paré para comer en unas rocas junto al agua, en frente de un pequeño islote de no más de 50 metros de largo con una sola casa, me di unos baños, aproveché para pasarme un poco de jabón a modo de protocolo y me relajé. Al momento, vi que una barquita con un hombre y un niño venía hacia mí desde el islote; el primero estaba sorprendido porque me había visto hacer fuego para cocinar (se pensaría que lo había hecho picando piedras o frotando palos, porque amontonar ramas y prenderlas con un mechero no creo que sea tan complicado), el segundo estaba sorprendido simplemente de tenerme delante. Me llevaron a su islita, me enseñaron la casa, me presentaron a la familia, me dieron mazorcas para comer y al rato me devolvieron a la isla. ¡Toda una experiencia sin haberla buscado!

El niño alucinaba, algo miedoso, con todos y cada uno de mis movimientos

Aquella noche no di pena a nadie y acabé durmiendo entre dos árboles cerca de la escuela. Me despertaron dos campesinos por la mañana (machetes en mano) preguntando si no me daba apuro dormir ahí solo y se fueron tras obtener un perezoso no por respuesta. Al igual que muchos de los que estáis leyendo esto, creo que la población de aquella isla me tomaba un poco por loco, o rarito como mínimo.

Mi habitación (incluye manta con estampados horteras)

Esa mañana me dediqué a buscar a alguien que me acompañara al punto más alto de la isla, pues el día anterior había intentado llegar solo y había sido un fracaso estrepitoso. Uno de los hijos de una casa en la que entré a preguntar se ofreció, después le daría algo de dinero. No había camino (¡y yo que pretendía llegar solo!) y tuvo que ir abriéndolo a machetazos, pero valió la pena: las vistas eran únicas. Lo que no sospechaba yo era que la fascinación ante tal paisaje sería el desencadenante de una de las anécdotas más surrealistas que hoy puedo contar.

Ganas incontenibles de estar allí abajo

Cuando la aventura casi pierde la gracia

Por la tarde, me dispuse a alquilar una canoa con la idea de llegar al lugar que he mostrado en la fotografía anterior, que se encontraba en la punta contraria a la zona habitada de la isla; aprovechando que tenía que ir hasta el punto más lejano, me pareció buena idea dar la vuelta completa. Tras preguntar a varias personas cuánto podía tardar en rodear la isla y calcular una media de 3 o 4 horas, alquilé una canoa y emprendí la marcha. Como consejo, cuando preguntéis cosas de este estilo, pensad a qué se dedica la gente que os contesta: puede que una actividad no suponga la misma dificultad para ti que para ellos, que la practican diariamente para desplazarse o conseguir alimento. Ya os podéis imaginar por dónde van los tiros…

Aquello era idílico, no podía parar de hacer fotos a la vegetación y animales que veía desde el agua; de vez en cuando saltaba para refrescarme o me paraba en algún rincón a contemplar. A ratos llovía, pero me daba absolutamente igual.

Al fin llegué al lugar que había visto desde arriba por la mañana. Me metí con la canoa entre los caminos que formaban las plantas flotantes, la calma era absoluta… Pero tocaba darse prisa: el tiempo empeoraba, llevaba ya 3 horas sobre la canoa y algo del tamaño de ésta se movía bajo la superficie del agua a mi paso.

Ya está contento el nene

Empecé a remar siguiendo la ruta circular, si no me paraba más debería estar en el poblado en 1 o 2 horas. Al llegar al otro lado de la isla el tiempo era peor, bufaba más viento (en contra, claro), se empezaban a formar pequeñas olas y llovía. Al cabo de un rato, ya algo cansado de remar con el viento y el oleaje de cara, me paré junto a unos árboles de la orilla a comer una naranja y reponer fuerzas; alguien me saludaba muy efusivamente desde un punto alto de la ladera, pero al no entender el porqué y no oír nada por culpa del viento, seguí con mi camino. Pero la cosa iba cada vez a peor… Me crucé con un hombre que remaba en sentido contrario (inteligentemente a favor del viento) y me dijo que me quedaba una hora, así que continué con alivio…

¡Y una puñetera mierda una hora! ¡Pasados 60 minutos seguía remando como un condenado y no llegaba! El tiempo era horrible, a penas podía avanzar, y cuando paraba de remar para recuperarme físicamente, me iba hacia atrás. Y por si fuera poco, empezaba a oscurecer… ¡Desesperante! Tenía que seguir, pero estaba tan cansado que no podía. Con cada golpe de remo, me entraban calambrazos en los brazos y se me quedaban engarrotados, sin poder doblarlos o extenderlos por unos segundos. No podía creer que me estuviera pasando aquello…

Empecé a pensar en que tendría que pasar la noche por allí, pero ¿cómo? No había playas en la orilla, solo bosque, y yo iba en chanclas, bañador y camiseta sin mangas, perfecto para tumbarme sobre el suelo y ser mordido por todo tipo de animales. Podía quedarme en la canoa, pero corría el riesgo de dormirme y ser arrastrado por la corriente lago adentro. Y además de pasar mala noche tendría que pagar un día más de alquiler… ¡Horrible!

Nunca pensé que tendría que recurrir a esto, pero sólo me quedaba pedir auxilio. Empecé a gritar hacia la costa (sí, hacia la densa vegetación sin indicio alguno de presencia humana), alternando las palabras “¡Socorro!”, “¡Auxilio!” y “¡Ayuda!” para darle un poco más de comicidad al momento. ¿Sabéis el típico pringadillo de película mala al que están a punto de asesinar en algún lugar solitario y pide ayuda, y tú piensas: “¡Pero si no te escucha nadie, imbécil!”? Pues bien, ése era yo.

No sé cuánto tiempo estuve entre gritos y nuevos intentos fracasados de seguir la marcha, pero todo acabó cuando vi una lancha a unos metros. Hice señas y vinieron hacia mí. Después de hacerme la inútil pregunta de “¿Quiere que le llevemos o ya llega usted?” (viendo la cara de náufrago que llevaba), me subí a la lancha, canoa incluida, y llegamos al poblado. El trozo que quedaba no era precisamente poco… ¡Vaya suerte la mía!

Llegué ya de noche a la casa que había visitado aquella mañana buscando un guía para subir a la montaña, donde tenía mi mochila guardada, unas 6 horas después. Tras explicarles la historia y sorprenderlos por haber ido tan lento, me dijeron que me habían visto parado en la orilla y me habían intentado decir que si me esperaba podía volver con ellos en su bote motorizado… ¡Ya decía yo que era raro que alguien me saludase con tanto ímpetu! En fin…

Aquella noche volví a dar pena (como para no dar) y cené en su casa. Me ofrecieron también dormir dentro, en un colchón, pero viendo la cantidad de personas que había ya en la casa y lo pequeña que era, me supo mal y colgué la hamaca en el porche. Dormí como un tronco (un tronco flotando en un lago y dando vueltas a una isla, más concretamente) y, sorprendentemente, me desperté sin secuelas físicas. Aún no había salido el sol cuando cogí un bote y abandoné aquel fantástico lugar que, pese a todo, tanto me había hecho disfrutar.

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16 comments

  • El Beauty Blog de Eli diciembre 3, 2013   Reply →

    Hola Judith, apenas acabo de descubrir tu blog y ya soy súper fan, me encanta.

  • El Beauty Blog de Eli diciembre 3, 2013   Reply →

    Y con respecto al relato, tu amigo los tiene cuadrados, admiro su valentía porque yo como que soy más “acojonaílla” y finolis, nunca me habría atrevido a hacer lo que él, pero me parece admirable.

  • Francisco diciembre 3, 2013   Reply →

    Increíble y precioso relato! Gracias por compartirlo!!

  • Nuria diciembre 3, 2013   Reply →

    Muchacho, pues ya te estás abriendo un blog propio para narrar esas perlas si no lo tienes todavía… Celebro que lo que había podido terminar en drama acabara tan bien.

    Yo tuve un amigo al que le encantaba dormir a la intemperie las noches de calor. Te hablo de dormir en un banco en plena ciudad!! Jamás me atreví a secundar la iniciativa.

    De pequeña sí que había dormido a la intemperie, el famoso vivaque de los campamentos, Acabamos dando pena a un payés que nos llevó a cenar a su casa. Su señora sacó pan con tomate y embutido del mejor a porrillo!! y eso que llevábamos la “bolsita de supervivencia” que nos habían dado los monitores (huevo duro, frutos secos y chocolate… un haaaambre que teníamos)

    Luego intentamos dormir todos arrejuntaditos en el porche de la iglesia (frío y duro como lo que era: piedra) Al rato, admitimos nuestro fracaso y nos mudamos a un campo de “césped” (críos de ciudad). Extendimos nuestros plásticos y nos acostamos sobre ellos. El terreno tenía pendiente 🙂 así que nos despertamos alla abajo, frente a otro campesino. A este no le dimos pena. Más bien quería saber qué hacíamos allí chafándole su trigo…

  • Patricia diciembre 3, 2013   Reply →

    Qué fuerte es el Adriii!!! En mi vida hubiera seguido con tantas contraindicaciones ese camino jajajaja. Me encantan las fotos

    Un besito Judy!! ^^

  • Adrián L. diciembre 3, 2013   Reply →

    Me encanta 😀

    • Adrián L. diciembre 4, 2013   Reply →

      Uh,quizás alguien piense que yo soy “el Adri” que escribió este post, pero no eh?! Yo soy otro Adrián de Murcia, que no tiene ni idea de dónde está Solentiname ni de remar en canoa!! (a mí me habrían comido los tiburones esos en el minuto cero)

  • Juan Gartzke diciembre 3, 2013   Reply →

    HA salido a su padre, JAJAJAJAJ

  • Silvia Auna diciembre 3, 2013   Reply →

    ¡Adri, llévame contigo! ¡¡Yo quiero también vivir todo eso!!

  • Paco diciembre 3, 2013   Reply →

    Un gran viaje contado por un gran viajero! Escribes genial.

  • Gorka diciembre 3, 2013   Reply →

    Con esos paisajes me esperaría que hubieran dinosaurios. Qué preciosidad!
    Por cierto, ¿qué era lo que se movía bajo el agua? Espero que fuera un tiburón grandote y le dieras con un remo en el ojo.

  • Caro chan diciembre 4, 2013   Reply →

    JAJAJAJAJAJA
    No se que es peor si la aventura casi suicida o la manta estampada!! Para la próxima la batamanta!! XD

    Creo que yo tampoco sería capaz de viajar así, y por lo tanto tampoco tendré tanta aventura que contar… Voy a tener que sopesarlo!

    Chuuu!

  • Sospechoso diciembre 4, 2013   Reply →

    Buena historia. Un día tengo que contar yo lo de aquella vez que con un Suzuki Santana intentamos cruzar un desierto, mientras tanto me apunto Nicaragua como opción para cuando me toque la primitiva.

  • Marcos diciembre 4, 2013   Reply →

    ¡Vaya cojones que tiene tu amigo! Eso si que es viajar sólo de verdad y lo demás son tonterías. Yo estoy planeando hacer un viaje sólo por algún lugar de Asia y me ha resultado super emocionante su relato.

  • Elio diciembre 4, 2013   Reply →

    Qué buena historia, y qué bien contada. Llegué al blog de casualidad, y hacía rato que no leía algo así. Soy de Mar del Plata, Argentina, y por estos pagos existe una chatura lírico-vital que deprime, más cuando uno las compara con anécdotas tan fascinantes.

    Saludos!

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