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Amberes: la historia de la mano del gigante

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Si alguna vez has estado en Amberes, estoy segura de que todavía eres capaz de recordar sus calles.

Si tuviera que definir la plaza principal de la ciudad, usaría la palabra “breathtaking”. Y además lo diría así como con voz rasgada y en una frase en español, para que diera todo mucha rabia: “pues sí, visité Amberes y me encantó, ¿la plaza? Breathtaking… Luego fuimos a un pub, con un toque trendy y cool, muy urban pero sin caer en lo casual”.

 “Hey, hey, ¡toma eso!”

El Por Qué del Nombre de la Ciudad

Cuenta la leyenda que había un gran gigante en Amberes controlando los barcos que llegaban y salían de la ciudad. Hace muchos años, claro, si fuera actualmente ya nos hubiéramos enterado en Instagram (#gigante #omg #soTall #piernacas #nofilter).

A pesar de que su nombre era Druon Antigoon, estoy segura de era catalán como yo, porque Josep (a partir de ahora le conoceremos así) se sacó de la manga su propio peaje y se dedicó a cortarle la mano a todo aquel marinero incapaz de entregarle la suma de dinero que pedía para, más tarde, lanzarla al río Escalda.

A medida que pasaba el tiempo, los navegantes empezaron a temer Amberes y, harto de ver que la ciudad se llenaba de mancos, llegó el capitán del ejército romano Silvio Brabo para realizar exactamente lo mismo que el gigante había estado haciendo anteriormente: clases de capoeira.

Jajajaja. Perdonad mi retraso.

Lo cierto es que no hubieron clases de capoeira, sino que mantuvieron una reñida batalla que terminó con el gigante perdiendo su mano.

De hecho, en la plaza del Ayuntamiento (Grote Markt), puedes encontrar actualmente una escultura de Silvio, en lo alto de la fuente, lanzando la mano de Josep al río. La mujer que sujeta el barco, justo debajo del capitán Bravo, es la diosa de la justicia:

Merece la pena echarle un vistazo porque toda la plaza está rodeada de las típicas casas gremiales belgas con el tejado en escalera (la primera foto del post) y, justo antes de llegar, hay una iglesia con un tímpano increíble (breathtaking) del que me gustaría hablar la semana que viene.

En fin, a partir de ese momento, todos los barqueros volvieron a comercializar en Amberes -que acabaría siendo la ciudad de los diamantes- y empezó a ser conocida como Antwerpen, que literalmente significa ‘lanzar mano’.

Aquí nos tenéis a mis amigos y a mí haciéndonos una foto con una persona diminuta conocida en Amberes como “niño”:

Y ahora otro ángulo con un matrimonio que quiso tomarse una fotografía con nosotros en la mano de Josep. Repetían una y otra vez “mira, son españoles, qué peste a ajo echan”. Es broma.

Para mí esto es lo mejor de viajar y lo que más echo de menos cuando estoy en casa: conocer a cualquier persona y que con sólo una sonrisa se convierta en amigo.

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Por qué no volvería a visitar Milán

Visitar Milan

El otro día estuve hablando con un compañero de la importancia de los blogs de viajes y de la influencia que estos tienen en el usuario a la hora de escoger una ciudad como destino. Pues bien, hoy he decidido mojarme un poco y explicarte por qué no volvería a visitar Milán (a pesar de estar enamorada de Italia, como cualquier historiadora del arte).

Visitar Milan

Antes de empezar…

Quiero puntualizar . . . . . . ….. …. …….. . . . . . …….. …

Lo que quiero decir antes de empezar es que es un post subjetivo; de la misma manera en la que yo voy a escribir x razones por las que no volvería a esta ciudad, estoy convencida de que cualquier persona que haya vivido en ella puede darme otras tantas para no sólo volver, sino permanecer allí un buen tiempo: en cuestión de gustos no hay nada escrito y tu opinión será bienvenida.

Razones por las que no volvería a visitar Milán

  • Es una ciudad frívola: si la definición de cosmopolita tuviera un aspecto positivo y otro negativo, Milán habría actuado con éste último como un niño con sobrepeso visitando el almacén de la Panrico: se habría quedado todo para él. De todas formas, en la ciudad se respira un ambiente en el que queda claro que es un orgullo ser milanés.
    Me pareció demasiado gris y poco provinciana, como si agrupara lo peor de ser una ciudad europea: cara y envuelta por una nube de contaminación.
    La única oficina de turismo que existe sólo nos ofreció tres puntos a visitar antes de marchar y, uno de ellos, fue ir de compras (…).

    Vimos mucho más, incluso el cuadro de “La Última Cena” – aunque la chica se olvidó de mencionar a Da Vinci por completo.
  • Para ser italiana, es bastante fea: para ser justa, arquitectónicamente es gloriosa como cualquier ciudad de Italia. Recuerdo encontrarme de repente con el Duomo y exclamar un “wow” – de hecho, todavía sigo hablando de él-… Ocurre lo mismo que en España, que no puedes recorrer muchos kilómetros sin encontrarte con algún monumento importante.
    De todas formas, sus calles son (nuevamente) grises y no llamaron mi atención. Te da la sensación al mirarla de que, a pesar de que está limpia, es sucia y está cubierta por graffitis (de los feos).
  • Ciudad reconstruida: no es como Roma, Florencia o Venecia, seguramente porque fue destruida durante la II GM. Como consecuencia, no tiene tanta antigüedad que ofrecer.
  • El tráfico es de locos: si ves que el semáforo se pone en verde, más vale que corras.
    En la carretera milanesa no existe la cortesía: conducen con prisas, te tocan cien veces el claxon para que te des prisa, aparcan ocupando dos plazas e incluso en pasos de cebra…
  • No se disfruta en invierno: la visité nevando y no es ese tipo de ciudad que disfrutas más con el frío.
  • Puedes visitarla en un día y medio: dedicarle cuatro días a descubrir lo importante de Milán, sería demasiado (aunque estoy segura de que encontrarías cosas por hacer, es gigantesca aunque los puntos esenciales están en el centro). Aquí tienes una foto tuya el tercer día, eres Victoria sin saber qué hacer:

  • Lo mejor es que visites el lago Como y sus pueblos; salen trenes con frecuencia y el paisaje es, sencillamente, increíble. Desde ahí puedes pagar un viajecito en barco que realiza estaciones en diferentes pueblecitos (Leno, por ejemplo, que sale en Star Wars).

Por otra parte, si tus dos cosas favoritas son la moda y la comida italiana, seguramente te enamorarás de la ciudad. Porque al fin y al cabo, disfrutar más o no de un lugar depende de que tus aficiones y gustos encajen con lo que ofrece el destino.

Y creo que ya está. Me he mojado.

¿Visitaste Milán y crees que me equivoco? ¿qué ciudad no volverías a visitar? 🙂

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La historia de amor de Aimée y Jaguar

Aimée y Jaguar

Cuando visité Berlín y morí de frío, encontré en el Museo Judío una sección dedicada a Lilly Wust y a Felice Schragenheim. En ella, había un diario, cartas, poemas y algunas fotografías románticas. Me quedé en shock, ¿cómo no conocía esta historia?

La sorpresa fue todavía mayor cuando indagué un poco más: una chica era judía y, la otra, nazi hasta la médula.

La pesadilla de un homófobo

La increíble historia de amor entre Aimée y Jaguar

La historia empieza cuando Lilly Wust, mujer de un oficial nazi, conoce a Felice – una alemana judía que luchaba contra el nazismo trabajando en un periódico del régimen para así poder ofrecer información a la oposición. El flechazo fue instantáneo por ambas partes.

Wust tenía ya 29 años y 4 hijos, mientras que Schrangenheim contaba con seis años menos. En todos los documentos/entrevistas se habla de ella como una persona carismática que disfrutaba de la literatura y de hacer sonreír a todo aquel que anduviera cerca.

Felice.Lilly

Puede que hoy la historia no sorprenda tanto, pero estar dentro o cerca de ella en aquella época debió ser para ponerse un pastilla de Diazepam debajo de la lengua.
Resulta increíblemente romántico e ingenuo que Lilly Wust decidiera divorciarse de su marido y vivir con Felice en plena Segunda Guerra Mundial (añade Myolastan a la automedicación), pero es que además la primera ignoraba por completo que la segunda fuera judía y en algún momento había soltado perlas hablando del asco que les daba esa “raza” y comentando lo mal que olían.

El secreto no aguantó demasiado tiempo: Felice desaparecía constantemente para trabajar en la resistencia y, tras un enfado de Lilly, la verdad salió a flote.
La historia no se conoció hasta 1980 y dejó al pueblo alemán tan sorprendido que decidieron recrearla en la gran pantalla con el nombre de ‘Aimée & Jaguar’; fue nominada a los Globos de Oro como mejor película extranjera. Aquí puedes ver la escena en la que Felice dice que es judía:

Las chicas siguieron juntas (“cuando me dijo que era judía, la abracé y la quise todavía más”), poniéndose el sobrenombre de Aimée & Jaguar en sus cartas.
Después de mucho tiempo luchando por conseguir documentos falsos para que Felice pudiera salir del país, cuando por fin los obtienen ésta decide que no quiere marcharse sin Lilly (Aimée) y, pecando ahora ella de ingenua (o no), permanece en Alemania.

El 21 de agosto de 1944, cuando volvían a casa después de pasar juntas un día en el río, se encuentran a la Gestapo en el comedor para llevar a Felice a un campo de concentración.

Aimée y Jaguar en el río – La última fotografía que se tomaron juntas

Pero La Historia No Termino Aquí…

El carisma de la chica judía traspasaba fronteras y, haciéndose amiga de un soldado nazi del campo, consiguió intercambiar mensajería con Lilly. Las cartas son estremecedoras.

Un buen día Aimée prepara todas sus cosas, compra un billete de tren y se presenta en el campo de concentración exigiendo ver a Felice. Tan estúpido como suena. El guardia le pregunta si cree que esto es un juego, la echa de ahí a gritos y le advierte de que no vuelva más si no quiere acabar dentro. El cabreo de éste fue tal que a la semana traspasaron a Felice a otro establecimiento (después de propinarle una buena paliza) para, más adelante, acabar perdiendo la vida en una marcha de la muerte desde el campo de concentración de Gross-Rosen (Polonia) hasta el de Bergen-Belsen (Alemania).

Su fallecimiento fue declarado en el Tribunal del Distrito de Berlín de 1948 con la fecha del 31 de diciembre de 1944, poco antes que la guerra acabara.

Muchas amigas de Felice creen que si Lilly no hubiera intentado verla en el campo de concentración, ésta hubiera continuado con vida.

Qué fue de Lilly entonces

Completamente sola y con cuatro hijos, Lilly empezó un diario hablando a Felice (es el que ahora se encuentra en el Museo Judío de Berlín) y hospedó a cuatro mujeres judías en su casa durante los últimos días del nazismo.

Una vez terminada la guerra, decidió casarse con un tendero. El matrimonio fue un gran desastre y Lilly trató de suicidarse dos veces; finalmente, se divorció en 1953 y consiguió trabajo en una fábrica. Y así pasaron sus días hasta que, en 1980, gracias a sus hijos, decidió contar toda la verdad.

Lilly murió el pasado 2006, a la edad de 93 años, asegurando que muchas veces de camino a la fábrica había sentido que Felice la acompañaba: “Ella era mi otra mitad, literalmente mi reflejo, mi espejo; encontré en ella, por primera vez, que el amor era algo bonito y tierno”.

Visitando el campo de concentración de Sachsenhausen

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El cementerio de Ludwigsburg y la II Guerra Mundial

Cementerio Ludwigsburg

¡Ajá! Pensasteis que ya no publicaba y me cargaba el reto de escribir cada día… ¡HEREJES!
No, lo cierto es que he decidido dejar de lado ese objetivo, para no cansar, y ofrecer sólo contenido de calidad en lugar de cantidad. En su lugar he incluido el objetivo de dedicarme más a Youtube y empezar con los vídeos.

Aquí os dejo el artículo de Elisabet, una de mis primeras lectoras y autora del blog “Crónicas Germánicas“, perfecto si estás pensando en mudarte a Alemania o si te apetece conocer curiosidades accesibles sólo para las personas que viven ahí… ¡Disfrutad! 🙂

La verdad es que he estado en pocos cementerios.

Y, hasta hoy, si me hubiesen hecho imaginar lo que en ellos puedes encontrarte, mi mente seguramente hubiera dibujado cientos de nichos, uno al lado y encima de otro, en bloques de líneas uniformes en los que los que allí se encuentran descansan en paz.

Inevitablemente, también mi mente me llevaría a imaginar que quienes allí se encuentran han sido llevados puesto que su larga vida ha exhalado su último suspiro.

Pues bien, todos estos imaginarios pensamientos se vinieron abajo el primer día que pisé el cementerio de nuestra nueva ciudad de adopción. Una ciudad ubicada a 12 Km de Stuttgart en el estado federal alemán de Baden-Württemberg, Ludwigsburg.
Lo primero que llama la atención, es que se encuentra situado en medio de la ciudad, con fácil acceso para penetrar en él. De todas formas, en realidad no es lo que más llama la atención, puesto que lo que lo hace es esta cifra inscrita en la puerta:

Cementerio Segunda Guerra Mundial

Te aseguro que el momento en el que ves esta imagen te das cuenta de que la memoria de un pueblo está verdaderamente arraigada en su historia. Y no sólo te sobresaltas y se te pone la piel de gallina la primera vez que la miras, sino cada vez que la ves.

De manera que, siendo accesible y con esta imagen, es inevitable entrar en el recinto del cementerio de Ludwigsburg.

Los cementerios alemanes y la naturaleza

De la misma forma que el resto de cementerios alemanes en los que he estado, no encontramos nichos acumulados unos encima de otros, sino tumbas cuidadosamente colocadas y enredadas con la naturaleza.

La sección que más impacta es la situada al lado de la puerta con la inscripción 1939 – 1945. Dicha sección acoge infinidad de tumbas que, a priori, podrían pertenecer a personas que, por ley de vida, la suya hubiese llegado a su fin después de largos años.

Digo “a priori” puesto que se trata de tumbas de niños. Niños que fueron derrotados en aquella época en una de las batallas y descubiertos posteriormente en Siberia. Y al ser descubiertos les devolvieron a Alemania. Tumbas de niños que, la mayoría de ellos, no superan los veinte años de edad.



Incluso encontramos un homenaje especial en memoria de ellos:

Una de las frases lapidarias más estremecedoras se sitúa en la misma zona:
Kurz ist der Schmerz
Und
Evig ist die Freude
Que significa algo así como: “Corto es el dolor y la alegría es para siempre”.

Como contrapartida, el paisaje que ofrece la naturaleza rodea y configura el recinto del cementerio, que es capaz de brillar en cada estación del año, sacando lo mejor de sí. En primavera, los árboles presentes en el lugar se ven más altos que nunca y lucen sus luminosos colores en sus hojas. Así:

Parece como si la naturaleza misma pudiese acogerles de la mejor forma posible para siempre…

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Turismo en Marruecos: la doble cara de su seguridad

Turismo en Marruecos

Me presento. Soy Carlota, una ingeniera burgalesa de 24 años que en pocos días empezará a trabajar ‘de lo suyo’ mientras da clases a chavales, estudia para ser profesora con contrato y da cuerpo a un proyecto sobre la inmigración ilegal de menores desde Marruecos. Hoy vengo a hablaros, precisamente, del Turismo en Marruecos.

Hoy vengo a hablaros de turismo en marruecos

En 2010 bajé al moro por primera vez con unas amigas y en menos de dos años ya había vuelto 5 veces.

Al terminar la carrera, por inercia, me marché a vivir a Londres. Conocía bien la ciudad antes de llegar pero no tardé ni 4 meses en hartarme de todo. Estuve en el lugar adecuado en el momento oportuno y, de la noche a la mañana, cogí mis cosas y me planté a vivir en Rabat.

Marruecos, lejos de lo que la gente pueda pensar, es un país increíble, tranquilo pero con mucha vida, hospitalario y muy amable. Un lugar que sacude la vida de todo aquel que viaja con la mente abierta pero, sobretodo, con ganas de ser mejor persona.

Son muchos los prejuicios que existen hacia los marroquís y hacia su cultura, pero casi todo que se sabe sobre ellos, se sabe mal. La mala fama les precede y, en la inmensa mayoría de los casos, es tremendamente injusta. No digo que sea el mejor país del mundo, es evidente que se hacen muchas cosas mal, pero si pueden ser corregidas… ¿por qué no formar parte de esa labor?


Turismo en Marruecos: La Extrema Seguridad al Turista

Si hay algo que ha marcado muchas de nuestras experiencias en Marruecos es la corrupción policial que hay allá donde mires. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, existe una gran protección al turista y a diario pasean decenas de policías vestidos de paisanos para velar por la seguridad del visitante.
Si tienes el pasaporte rojo, como dicen ellos, tranquilo, que muy torpe tienes que ser para que te ocurra algo malo.

Otro tema es cuando se trata de cuidar de sus propios ciudadanos… Se han creado una gran cantidad de leyes absurdas que cortan la libertad de los habitantes de este país y dificultan su ‘día a día’.

Aquella noche en Marrakech le preguntamos a nuestro amigo Abdul (Pedro para los amigos) cómo llegar a un hostal. Él no podía llevarnos porque estaba trabajando y cualquier indicación que nos fuera a dar dentro de la laberíntica medina era absurda. Así que le pidió a un colega que nos llevara y, cuando nos disponíamos a seguirlo, nos advirtió: “No, ¡no! Que vaya el 4 pasos delante de vosotras, que si la policía le ve puede pensar que está haciendo de falso-guía y la liamos.”

Aquel día en el zoco hubo una discusión entre un turista y el dueño de una de las tiendas. La cosa se puso fea y el dependiente le gritó, con un inglés perfecto, “Fuck you”. Casualidades de la vida, dos policías de incógnito pasaban por allí y se lo llevaron detenido.

Aquellas tardes en las playas de Essaouira, disfrutando del ambiente que allí se respira. Si la policía ve a un turista fumando hachís, kifi o lo que caiga, como mucho te van a hacer un gesto invitándote a ‘que no se note tanto lo que estás haciendo’. Sin embargo, si el que fuma, o incluso bebe, es un marroquí, unas cuántas noches en el calabozo no se las quita nadie.

Aquel día volviendo de Sidi Harazm, ochenta y la madre en un mismo coche nos pararon. Si eres lo suficientemente blanquito… machi muskil, amego. Los policías se quedan ciegos por un momento. Pero si no, oficialmente se te cae el pelo. Siempre y cuando no tengas a mano 50 dirhams (5 eurillos) que el señor agente los cogerá amablemente y hará como si allí no hubiera pasado nada.

Aquellas madrugadas en el puerto de Tánger, con jóvenes peleando por meterse en los bajos de un camión rumbo a España. El pequeño al que pillen tiene unos cuantos palos más que asegurados, por si se le vuelve a ocurrir intentarlo. A no ser que, nuevamente, los chavales tengan unos cuántos dirhams por ahí sueltos y ahí ya la cosa cambia.

Aquella mañana en la playa de Tánger, jugando con el balón. Al policía que rondaba por allí le debió gustar mucho y, después de dos avisos, vino en su quad y nos lo robó, alegando que aquel no era un sitio para estar con la pelota. Estoy segura de que si sólo hubiera habido pelirrojas jugando no sólo no se la hubiera llevado sino que se hubiera unido al juego, que les gusta mucho una rubia. Pero no fue el caso. Durante esos días volvimos tres veces a por ella y no la hubiéramos recuperado si no fuera porque un colega tenía sus ‘contactos’ en la playa.

Pero, sin duda, la mejor experiencia con la policía fue en Fez.

El Día que la Policía Pensó que una Familia Marroquí me había Secuestrado

Habíamos salido a comprar algo de comida en la medina y yo no cogí ni el pasaporte ni el DNI. Iba con mi amigos Pablo y Abdillah caminando por la calle y un furgón de policía paró al lado nuestro.
La cosa empezó como una conversación normal pero acabó en una discusión en árabe, para más INRI, difícil de olvidar. Con unos cuántos curiosos alrededor, nos invitaron a entrar en el vehículo. Uno de los guardias llevaba una gorra de la armada americana y fue entonces cuando pensé que aquello se ponía interesante.
Mientras ladraban y, supongo, intentaban demostrar su autoridad, nos miraban a los dos europeos con cara de “¿Qué hacéis vosotros en este barrio?”
En ningún momento sentí que algo serio fuera a pasar, pero tampoco fue la situación más cómoda de mi vida. Yo trataba de entender qué estaba ocurriendo, sentada en mi asiento que estaba hecho unos zorros, mientras Pablo, que era su primera vez en Marruecos, me preguntaba que si podríamos hacernos una foto con los guardias.
Nos llevaron a una comisaría que no se la deseo a nadie. Todo estaba muy oscuro y olía a cerrado que echaba para atrás. Sólo había una mesa de madera antigua en la que nos esperaba otro guardia, un banco de madera en el que estuvimos que esperar un buen rato, disfrutando del fresquito que hacía en un sitio tan acogedor, y una foto del rey, al que seguramente no le gustaría ni un pelo leer todo esto.

Ese mañana no tendrían mucha gente a la que tocar las narices y decidieron pasar el rato con nosotros. Fue divertido, la verdad.
Nos pidieron la documentación y Pablo al menos llevaba su DNI pero yo no llevaba ni vaselina. Contra todo pronóstico, eso dio completamente igual porque al viajero, igual que al rico, se le perdona todo. Lo importante era que estábamos viviendo en una casa y no nos habíamos registrado. ¿Que qué es eso de registrarse? Chorradas.

Si vas a hospedarte unos días en casa de alguien dice la ley que debes registrarte en la ‘Gendarmerie’ para así estar más seguro. Y más controlado también. Digamos que la familia que te acoge debe firmar una autorización, sellada por las autoridades, de manera que ellos se comprometen a hacerse responsables de lo que a ti te pueda ocurrir. El control y la dictadura que viven los ciudadanos quizá no se vea a gran escala, pero sí en pequeños detalles que hacen que la gente no tenga libertad total.
Se me olvidaba; esto sólo pasa si te alojas con una familia pobre. Son la mayoría en Marruecos y a las autoridades les hace especial ilusión tocarles la moral cada día. Si la familia es rica no hay de qué preocuparse.

Abdillah se quedó fuera discutiendo con un par de guardias y el policía que estaba dentro con nosotros se llevó el DNI de Pablo y tardó en volver el tiempo necesario para que empezara a oler a caquita. Nos hicieron preguntas sobre nuestro vuelo de vuelta y por un momento pensé que no nos iban a dejar coger ese avión… Pablo no dejaba de hacer bromas y prometió enviarme comida y mantas desde España para hacerme más llevadera la estancia en ese hoyo.

Entonces llegó otro policía, al que aún no habíamos visto, y se quedó parado delante de nosotros, con la misma actitud que se queda un profesor en primaria cuando haces algo mal. Nos preguntó de todo en francés, igual que hacían todos por allí. Cuando por fin se quisieron dar cuenta de que aquel no era nuestro idioma llamaron a otro para que viniera. Este último hablaba inglés y, después de explicarle que no estábamos en aquel barrio porque alguien nos hubiera secuestrado, terminé enseñándole algunas fotos de mi cámara para que viera que nuestro testimonio era cierto; que llevábamos varios días allí y que estábamos por voluntad propia.

La situación pasó entonces a ser un poco menos tensa, hasta tal punto que llegaron a hacer alarde de su carácter marroquí y les faltó invitarnos a quedarnos para tomar un té todos juntos. Nos pidieron perdón por las molestias y se despidieron deseándonos que tuviéramos un buen día.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí pero lo que está claro es que si hubiéramos querido darles unos cuántos dirhams, nos hubiéramos ahorrado toda la parafernalia.
A la mañana siguiente tuvimos que ir a la comisaría oficial de la zona centro, un lugar enorme, muy limpio y perfectamente cuidado, para llevar la dichosa autorización firmada y sellada. Y, al fin, se quedaron contentos y satisfechos.

Con esto no quiero asustar al personal ni quitar las ganas a nadie de alojarse con una familia. Al contrario. Si los anfitriones te piden que hagas el papel, obviamente se debe hacer. Lo único que hay que hacer es poner el número de tu pasaporte con tus datos y firmar. Pero lo más probable es que no lo hagan y, si ese día le apetece al policía de turno tocar las narices, como mucho vas a acabar en comisaría de mala muerte, explicándole al guardia que ese morito que va contigo no te ha secuestrado, ni te ha robado, ni te ha forzado. Que no llevas documentación encima porque has salido sólo a dar una vuelta, y que estás absolutamente encantada de estar en un país que vela tanto por la seguridad de sus queridos turistas

Espero que hayas disfrutado de este post tan sincero sobre el turismo en Marruecos. Si quieres seguir a Carlota, puedes hacerlo aquí

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