Grabados Precolombinos

Aventuras en Solentiname, el archipiélago dulce

El autor que relata esta súper aventura es mi viejo amigo de la escuela Adrian Gartzke. No os imagináis la ilusión que me hizo que quisiera escribir una anécdota, porque sé cómo es de divertido, porque sabía que había estado en Nicaragua y porque me imaginaba que había vivido por ahí mil aventuras. Por cierto, un momento cumbre para mí fue cuando recibí hace dos semanas un mensaje de su padre diciéndome que se partía con el blog.
Comparto el artículo hoy en lugar del miércoles, porque ya casi tengo terminado el vídeo de A Coruña y lo publicaré mañana.

Disfrutad del escrito y de las fotografías. ¡Gracias Adri!

Hace dos años estuve algo más de seis meses en Nicaragua, cooperando con una ONG. Aprovechando que tenía que salir a Costa Rica para luego volver a entrar y renovar el visado, hice algunas paraditas turísticas por el camino. Una de ellas, y creo que la más mágica, fue una corta pero intensa visita a Solentiname.

Solentiname es un pequeño archipiélago compuesto por 4 islas principales y otras 32 más pequeñas. A diferencia de la mayoría de archipiélagos, no se encuentra en el mar, sino en El Gran Lago de Nicaragua, caracterizado por ser el segundo lago más grande de América Latina (supera en extensión a la provincia de Barcelona) y albergar la única especie de tiburón de agua dulce conocida. Además de ser una reserva espectacular de flora y fauna, también lo es de historia y cultura, pues se han encontrado esculturas y grabados precolombinos. Si ya en Nicaragua la explotación turística está muy limitada, en estas islas lo está mucho más, dándole un toque de pureza y tranquilidad que en pocos sitios puede encontrarse.

Grabados Precolombinos

Grabados precolombinos

Mínimo presupuesto, máximo disfrute

Desembarqué en la isla principal, Mancarrón, con la idea de (sobre)vivir tres días con lo puesto, un rollo un poco entre Mowgli de El Libro de la Selva y el Último Superviviente (pero sin comer mierda). Para ello llevaba en la mochila la ropa más que justa, un botiquín-neceser básico, una hamaca, una manta, comida de sobras y una pequeña olla. No es solamente que sea rata (que lo soy, y hasta límites insospechados) y prefiera viajar más a costa de reducir lujos, también me lo paso como un chiquillo buscándome la vida para dormir o comer como sea. He de reconocer que echándole morro todo sería más fácil, pero no es mi caso; yo soy más de intentar dar algo de pena, a ver si alguna alma caritativa se apiada de mí y me ofrece alojamiento y/o comida, y si no se da el caso, pues tampoco pasa nada.

Embarcadero de la isla de Mancarrón

Calle y casas típicas

La primera noche funcionó la técnica. Mientras cenaba a oscuras en el parque infantil del pueblo, un buen hombre se me acercó y preguntó si no tenía sitio para dormir, que había algún alojamiento en la isla. Tras comentarle que no quería gastar mucho dinero y preguntarle si era posible dormir con la hamaca por allí en medio, me ofreció colgarla en el porche de su casa. A la mañana siguiente me enseñó muy amablemente el local del gremio de artesanos de la isla (todas las familias se dedican a tallar y pintar figuritas de madera) y le compré un llavero como agradecimiento, que me costó 20 córdobas (unos 70 céntimos de euro, así que no había excusa). Me fue de perlas aquella noche para avivar la hoguera. Es broma, aún lo conservo.

Durante el día me dediqué a explorar la isla. Paré para comer en unas rocas junto al agua, en frente de un pequeño islote de no más de 50 metros de largo con una sola casa, me di unos baños, aproveché para pasarme un poco de jabón a modo de protocolo y me relajé. Al momento, vi que una barquita con un hombre y un niño venía hacia mí desde el islote; el primero estaba sorprendido porque me había visto hacer fuego para cocinar (se pensaría que lo había hecho picando piedras o frotando palos, porque amontonar ramas y prenderlas con un mechero no creo que sea tan complicado), el segundo estaba sorprendido simplemente de tenerme delante. Me llevaron a su islita, me enseñaron la casa, me presentaron a la familia, me dieron mazorcas para comer y al rato me devolvieron a la isla. ¡Toda una experiencia sin haberla buscado!

El niño alucinaba, algo miedoso, con todos y cada uno de mis movimientos

Aquella noche no di pena a nadie y acabé durmiendo entre dos árboles cerca de la escuela. Me despertaron dos campesinos por la mañana (machetes en mano) preguntando si no me daba apuro dormir ahí solo y se fueron tras obtener un perezoso no por respuesta. Al igual que muchos de los que estáis leyendo esto, creo que la población de aquella isla me tomaba un poco por loco, o rarito como mínimo.

Mi habitación (incluye manta con estampados horteras)

Esa mañana me dediqué a buscar a alguien que me acompañara al punto más alto de la isla, pues el día anterior había intentado llegar solo y había sido un fracaso estrepitoso. Uno de los hijos de una casa en la que entré a preguntar se ofreció, después le daría algo de dinero. No había camino (¡y yo que pretendía llegar solo!) y tuvo que ir abriéndolo a machetazos, pero valió la pena: las vistas eran únicas. Lo que no sospechaba yo era que la fascinación ante tal paisaje sería el desencadenante de una de las anécdotas más surrealistas que hoy puedo contar.

Ganas incontenibles de estar allí abajo

Cuando la aventura casi pierde la gracia

Por la tarde, me dispuse a alquilar una canoa con la idea de llegar al lugar que he mostrado en la fotografía anterior, que se encontraba en la punta contraria a la zona habitada de la isla; aprovechando que tenía que ir hasta el punto más lejano, me pareció buena idea dar la vuelta completa. Tras preguntar a varias personas cuánto podía tardar en rodear la isla y calcular una media de 3 o 4 horas, alquilé una canoa y emprendí la marcha. Como consejo, cuando preguntéis cosas de este estilo, pensad a qué se dedica la gente que os contesta: puede que una actividad no suponga la misma dificultad para ti que para ellos, que la practican diariamente para desplazarse o conseguir alimento. Ya os podéis imaginar por dónde van los tiros…

Aquello era idílico, no podía parar de hacer fotos a la vegetación y animales que veía desde el agua; de vez en cuando saltaba para refrescarme o me paraba en algún rincón a contemplar. A ratos llovía, pero me daba absolutamente igual.

Al fin llegué al lugar que había visto desde arriba por la mañana. Me metí con la canoa entre los caminos que formaban las plantas flotantes, la calma era absoluta… Pero tocaba darse prisa: el tiempo empeoraba, llevaba ya 3 horas sobre la canoa y algo del tamaño de ésta se movía bajo la superficie del agua a mi paso.

Ya está contento el nene

Empecé a remar siguiendo la ruta circular, si no me paraba más debería estar en el poblado en 1 o 2 horas. Al llegar al otro lado de la isla el tiempo era peor, bufaba más viento (en contra, claro), se empezaban a formar pequeñas olas y llovía. Al cabo de un rato, ya algo cansado de remar con el viento y el oleaje de cara, me paré junto a unos árboles de la orilla a comer una naranja y reponer fuerzas; alguien me saludaba muy efusivamente desde un punto alto de la ladera, pero al no entender el porqué y no oír nada por culpa del viento, seguí con mi camino. Pero la cosa iba cada vez a peor… Me crucé con un hombre que remaba en sentido contrario (inteligentemente a favor del viento) y me dijo que me quedaba una hora, así que continué con alivio…

¡Y una puñetera mierda una hora! ¡Pasados 60 minutos seguía remando como un condenado y no llegaba! El tiempo era horrible, a penas podía avanzar, y cuando paraba de remar para recuperarme físicamente, me iba hacia atrás. Y por si fuera poco, empezaba a oscurecer… ¡Desesperante! Tenía que seguir, pero estaba tan cansado que no podía. Con cada golpe de remo, me entraban calambrazos en los brazos y se me quedaban engarrotados, sin poder doblarlos o extenderlos por unos segundos. No podía creer que me estuviera pasando aquello…

Empecé a pensar en que tendría que pasar la noche por allí, pero ¿cómo? No había playas en la orilla, solo bosque, y yo iba en chanclas, bañador y camiseta sin mangas, perfecto para tumbarme sobre el suelo y ser mordido por todo tipo de animales. Podía quedarme en la canoa, pero corría el riesgo de dormirme y ser arrastrado por la corriente lago adentro. Y además de pasar mala noche tendría que pagar un día más de alquiler… ¡Horrible!

Nunca pensé que tendría que recurrir a esto, pero sólo me quedaba pedir auxilio. Empecé a gritar hacia la costa (sí, hacia la densa vegetación sin indicio alguno de presencia humana), alternando las palabras “¡Socorro!”, “¡Auxilio!” y “¡Ayuda!” para darle un poco más de comicidad al momento. ¿Sabéis el típico pringadillo de película mala al que están a punto de asesinar en algún lugar solitario y pide ayuda, y tú piensas: “¡Pero si no te escucha nadie, imbécil!”? Pues bien, ése era yo.

No sé cuánto tiempo estuve entre gritos y nuevos intentos fracasados de seguir la marcha, pero todo acabó cuando vi una lancha a unos metros. Hice señas y vinieron hacia mí. Después de hacerme la inútil pregunta de “¿Quiere que le llevemos o ya llega usted?” (viendo la cara de náufrago que llevaba), me subí a la lancha, canoa incluida, y llegamos al poblado. El trozo que quedaba no era precisamente poco… ¡Vaya suerte la mía!

Llegué ya de noche a la casa que había visitado aquella mañana buscando un guía para subir a la montaña, donde tenía mi mochila guardada, unas 6 horas después. Tras explicarles la historia y sorprenderlos por haber ido tan lento, me dijeron que me habían visto parado en la orilla y me habían intentado decir que si me esperaba podía volver con ellos en su bote motorizado… ¡Ya decía yo que era raro que alguien me saludase con tanto ímpetu! En fin…

Aquella noche volví a dar pena (como para no dar) y cené en su casa. Me ofrecieron también dormir dentro, en un colchón, pero viendo la cantidad de personas que había ya en la casa y lo pequeña que era, me supo mal y colgué la hamaca en el porche. Dormí como un tronco (un tronco flotando en un lago y dando vueltas a una isla, más concretamente) y, sorprendentemente, me desperté sin secuelas físicas. Aún no había salido el sol cuando cogí un bote y abandoné aquel fantástico lugar que, pese a todo, tanto me había hecho disfrutar.

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Chapurreando tailandés para no dormir en el monte

¡Hola a todos! Soy Mónica.

Vivo en Berlín pasando frío, haciendo manualidades y tratando que no se disuelvan los grumos del Colacao. En mi blog Cortar, Coser y Crear cuento mis peripecias, alguna receta que otra e incluso a veces se me va la cabeza y cuelgo un par de fotos mías cual famosa egoblogger. Si me queréis conocer mejor, ya sabéis por donde ando.

Os voy a contar una historieta que ocurrió hace ya unos cuantos años, pero que siempre que la recuerdo me hace sonreír.
A mí me gusta viajar, y ya sea por trabajo, por placer o porque no hay más remedio (ahora) he estado en muchos países diferentes.
La historia que os voy a contar transcurre en los alrededores de Chiang Mai, una turística ciudad del interior de Tailandia. Allí estaba yo con mi por entonces novio, y su hermana. Nos fuimos los tres a la aventura, con tres mochilas y una Lonely Planet. El viaje fue muy divertido, Tailandia es un país ideal para mochileros, pero… en Chiang Mai lo pasamos un poco mal… sobre todo Carlos, que era siempre nuestro “intérprete”.

Visitando el Parque Nacional de Doi Inthanon

Después de visitar Chiang Mai, pasear en elefante, hacer rafting en aguas bravas y disfrutar de masajes a todas horas, nos quedamos sin cosas que hacer. Así que tiramos de guía y Carlos decidió que sería una buena idea visitar el Parque Nacional De Doi Inthanon. Nosotras (la hermana y yo) estuvimos de acuerdo. Lo que no sabíamos era que Carlos quería coger un transporte público tai en lugar de los típicos buses para turistas. Pero al día siguiente nos enteramos…

Llegamos a la estación y el autobús más nuevo debía tener como 50 años. Ni en Cuéntame se ven buses más viejos. Eso sí, el billete era barato (no me extraña, ¡ya podía serlo!)

autobús tailandés

Y allí que nos subimos los tres. La verdad es que Sonia, la hermana de Carlos, no estaba muy contenta. Según ella era un suicidio ir al monte más alto de Tailandia en una chatarra como aquella. Y yo estaba un poco de acuerdo, no lo voy a negar, porque mucha confianza no me daba. Además teniendo en cuenta cómo conducen allí, sí que daba un poco de miedo, sí.
Sin embargo, cuál fue la sorpresa cuando arrancó el bus y la velocidad crucero que cogió no debía sobrepasar la velocidad de mi “bien adiestrado” perro Shinchan cuando le llamo para meterlo en la bañera. Iba lento. Pero lento, lento. De hecho viajábamos… ¡con la puerta abierta!

puerta abierta bus tailandés

Al final llegamos a la última parada, donde descubrimos el templo budista Wat Phra That Si Chom Thong Worawihan (gracias wikipedia) y tras dar un par de vueltas por la zona nos pusimos a investigar cómo se podía subir a la entrada del parque nacional. Al parecer solo se podía subir en taxi, así que cogimos uno de los muchos que había y tras regatear el precio, nos dejó en la entrada.
El parque nacional era fantástico: río, selva, montaña, cascadas… Una maravilla de la naturaleza. Estuvimos varias horas haciendo de montañeros y cuando se empezó a hacer tarde, decidimos deshacer el camino.

Monica

Tardamos infinito, estábamos cansadas y además empezaba a hacerse tarde, pero al final llegamos de nuevo a la entrada. Sin embargo, ¡sorpresa!, no había nadie, ni turistas, ni taxis solo los chicos de las taquillas.

Chapurreando tailandés para no dormir en el monte

Uy, uy, la cosa se complicaba.

En lo alto de la montaña y sin forma de llegar a la parada del autobús. Intentamos hablar con el chico de la taquilla pero solo chapurreaba algo de inglés. Entre sus 10 palabras en este idioma y las 10 palabras en Tai de Carlos, conseguimos explicarle que queríamos volver a la estación del bus. El chico dijo que no había forma, pero que él nos podía acercar por un módico precio… o eso es lo que entendimos, vaya. Aceptamos.

El chico desapareció, le fue a pedir el coche a otro de los trabajadores que había por allí y nos metimos dentro. Pero no teníamos muy claro si nos iba a llevar al bus, a la ciudad, a su casa, a una agencia de viajes o de paseo por el parque porque cogimos otro camino de vuelta. Así que Carlos se vino arriba e intentó “hablar” con el improvisado taxista para explicarle, de nuevo, que queríamos ir al bus. Por supuesto, grabé un vídeo inmortalizando el momento.

Conversación épica, Carlos en su pseudo-tai diciéndole dónde queríamos ir, sudando la gota fría, y pensando “en qué lío nos estamos metiendo…”.

La cosa duró un rato más y fue suficiente para que a Sonia y a mí se nos pasase el miedo y nos partiéramos de risa en los asientos de atrás.

Parece que la conversación fue efectiva o que el chico pensó que no podría sacarnos mucho más dinero, pero todo tuvo un final feliz y al final nos dejó en una parada del bus.

Y luego cuando llegó el autobús, resultó ir tan lleno que Carlos tuvo la suerte de poder seguir practicando su tai porque el conductor le invitó a sentarse a su lado, jijijiji.

Carlos volviendo de Wat Phra That Si Chom Thong Worawihan

¡Espero que hayáis divertido! Hubo muchas otras historias divertidas (y documentadas) en ese viaje. Si os apetece otro día os cuento alguna otra. Un beso muy grande, ¡hasta la próxima!

Escocia

Pequeña guía práctica sobre Escocia: comida, comida

Elena es una lectora (“¡hola, elena!”) que ha querido compartir con todos nosotros su experiencia en Escocia. “Con todos nosotros”, parecemos una secta. “Parecemos” -repitió Judith miedosa mientras escondía su maléfico plan.

Disfrutad del post y muchas gracias a Elena, ¡a ver quién se aguanta las ganas de visitar las Tierras Altas ahora!

Julia Roberts

Aterricé sola en Escocia para pasar dos semanas, estaba congelándome al bajar del avión y encima había pagado equipaje por sobrepeso (de equipaje, claro). Pero para sobrepeso la gran depresión que tuve al dejar el país.
Cursiladas y anécdotas a parte, voy a escribir aquí una breve guía práctica (espero) de supervivencia para este lugar taaaan económico reconocido mundialmente también, entre los puntos que voy a escribir, por contar con agostos disfrazados de noviembre: Escocia.

Highland: verde que te quiero verde

Antes de dejarme abducir por Edimburgo, es necesario hablar de sus alrededores: merece la pena ir por un día a las Highland, es decir, las tierras del norte. Están llenas de castillos, lagos y vacas pelirrojas.

Escocia paisajes visitas

Ejemplo de uno de los paisajes que podemos encontrar en Highland

Paisaje de Escocia las Highland

Otro precioso paisaje de Escocia en Highland

Highlands es como se conoce a las Tierras Altas de Escocia, una región situada en el norte poco poblada y con unas vistas increíbles. Como ya sabéis, Edimburgo es una de las ciudades medievales mejor conservadas en toda Europa, así que ya os podéis imaginar el aura a Edad Media que recorre el resto del país.

Personalmente, creo que no hace falta perder horas para ir a ver a Nessie (si lo hacéis, invitadle a algo de mi parte), más próximos a las ciudades hay preciosos paisajes y pueblos pintorescos en los que perderse.

Del color verde salto al turquesa. Sí, Edimburgo tiene playa. Pero no, no vais a conseguir un precioso bronceado.

Si te gusta el mar, merece la pena visitarlo y si, por alguna extraña razón, adoras las gaviotas, no hay excusa porque allí han conquistado toda la ciudad (me he imaginado un ejército de gaviotas pintadas a lo Braveheart pero no voy a recrearme en ello por el bien del blog).

Playa escocesa

Playa escocesa

Es una zona muy tranquila y, como Edimburgo regala siempre rincones memorables, justo delante de la playa descubrí un bar con terraza interior y violines en directo donde comí el mejor crepe habido y por haber (pardonnez-moi, France).

SPAM sobre la comida

Sí, voy a spamearos con mi gran adicción. Abstenerse gente refinada o con colesterol. La comida me fascina y hablando de Escocia es un punto que no podía faltar.

Si os gusta lo empalagoso… Welcome home!

El plato típico escocés son los haggis. El camarero no nos quiso decir lo que era porque no lo pediríamos así que yo tampoco voy a hacerlo, probadlo y comprobaréis que si os dicen que es rata os va a dar igual.

escocia plato típico

Los haggis: ¡a ver cuántos aguantan sin buscarlo en Google!

Si alguna vez visitáis el norte de Reino Unido, os daréis cuenta de que allí todo es a lo grande o a lo “basto”. Dejad que me explique. En Escocia, por ejemplo, otro “plato” típico es la comida rebozada. Que sí, que suena fatal pero es fácil acabar cayendo a la tentación de las hamburguesas o pizzas disfrazadas de nugget (después de una noche de cervezas esto sabe a foie o paella con langostinos, de veras).

plato típico escocés

El postre también lo rebozan

Cerveza, hobbits y guitarras

Tras una semana de curso allí, pedí el cambio de turno de clases de mañana a tardes para poder disfrutar de los pubs. Si voy a hablar de Escocia, estos lugares merecen que les haga un pequeño hueco en este post.

Allí es típico merendar la vecina Guinness o unas buenas sidras en vez de pan con Nutella, así que la gente puede pasarse tantas horas en el pub (el casco antiguo está repleto) como horas tiene el día. Pero no es hasta la noche donde aparece la magia (lo siento, amor ciego dicen) y se puede disfrutar de una pint mientras seres barbudos con guitarras salidos de la Tierra Media versionan a Johnny Cash.

Y ya, que estudio Marketing pero no me gusta vender (aunque debería, creo) así que pararé de halagar estas tierras… me voy a robar para poder volver allí en breves.

Cómo son los cementerios japoneses y por qué

La cabeza de Alba debe estar echando humo tras haber vuelto de Japón.

Aquí os dejo un fantástico artículo suyo en el que habla de las diferencias entre los cementerios japoneses y los occidentales, explicando a qué se deben estas desemejanzas a través de la religión. ¡Disfrutad!

Judith

Ayer salí a correr como cada tarde y, tras tomar una curva, me encontré de cara con el muro del cementerio del pueblo de mis abuelos -sí, ya estoy de vuelta en España-.

Entre los mil pensamientos fugaces que pasan por la mente mientras uno intenta “huir” de ellos con la marcha de sus pies, me vino a la cabeza una de las grandes diferencias entre este país y el del sol naciente.

Las diferencias entre los cementerios japoneses y los occidentales

Para empezar, los cementerios en Europa se sitúan normalmente en las afueras de los pueblos y ciudades –o al menos ese era su origen antes de que los municipios crecieran–, mientras que en Japón se articulan normalmente al lado de un templo, habitualmente en pleno centro de la ciudad –aunque también hay algunos en mitad de las montañas–.

Partiendo de esta base, ya podemos entrever la gran diferencia de mentalidad y el modo de enfocar la idea de la muerte entre estas dos culturas: el hecho de integrar los muertos en el territorio de los vivos implica que se está aceptando la muerte como parte de la propia vida, mientras que construir un muro en las afueras de la ciudad aparta claramente la una de la otra.

Cementerio japonés

Cementerio en pleno centro de Tokyo durante un día cualquiera

¿Qué es lo que lleva a una cultura y a otra a tener actitudes tan distintas frente a algo tan inevitable? La religión, por supuesto.

Cómo enfocan la muerte en Japón

No me alargaré demasiado con el Cristianismo, ya que todo español se ha chocado por todos lados –y más de una y de dos veces– con él. Pero resumiendo y apuntando lo que ya todos sabemos: la muerte es algo desconocido y horrible de lo que es mejor no hablar. El momento del Juicio Final es cuando un señor decide si la conducta en la que hemos basado nuestra vida ha sido o no correcta, y bajo sus propios e incuestionables principios nos tenemos que supeditar, sin poder ni siquiera oponernos, al premio o castigo que él mismo habrá decidido. Una maravilla de eternidad la que espera a los cristianos, vamos.

En Japón conviven dos religiones al mismo tiempo, una es el Budismo y la otra, no demasiado conocida pero no por ello menos importante, el Shintoismo. Ésta última no se mete en el tema de la muerte, de manera que el culto a los antepasados y los mismos cementerios están a cargo de la primera. Aún así, el Shintoismo juega un papel importantísimo en la concepción de la vida y la muerte.

Esta religión habla de la naturaleza como algo imperfecto donde habitan tantos dioses que uno no es capaz de asimilar. Con ello se aprenden a observar detenidamente los ciclos naturales y el constante cambio del entorno por el paso de las estaciones, así como la muerte y regeneración de los vegetales.

Es importante destacar que en Japón el cambio de las estaciones es mucho más palpable que aquí. En otoño las hojas de los árboles son completamente rojas, mientras que en invierno todo se vuelve blanco, en primavera los mismos se tornan de un rosado increíble y en verano las hojas verdes se preparan para volver a empezar el ciclo en pocos meses. En algún libro leí que esto les permite aceptar mejor el cambio y, con ello, la muerte. ¡Si es que todo está conectado!

Cambio de actitud ante la muerte

A la práctica nos encontramos con que los japoneses, a diferencia de nosotros, van felices y sonrientes a visitar los cementerios. Si alguna vez viajáis al país os invito a pasar por uno de ellos, no os arrepentiréis. Y no os miraran mal, os lo aseguro –yo también pensaba que me matarían desde sus ojos rasgados por violar “su intimidad”-.

cementerio tokyo

Yo misma la primera vez que visité un cementerio japonés, con la ciudad de fondo. (foto de Sambit Dattachauduri)

De hecho, no sé si sois demasiado aficionados al cómic japonés, pero en él uno puede ver que a menudo los personajes van a la tumba de sus difuntos familiares para celebrar el que habría sido su cumpleaños, con todo tipo de comida y bebidas, en vez de llorar por los rincones. Además, una de las ofrendas a parte de las flores es el alcohol. Si uno va a un cementerio no solamente se encuentra con vasos llenos de sake sino que también hay latas de cerveza y otras bebidas alcohólicas.

sake e incienso

Sake e incienso: ofrendas de “sake” e incienso en una tumba

Otro detalle que me cautivó fue durante uno de los famosos festivales de verano que tenían lugar en un templo budista; el escenario estaba situado estrictamente al lado del cementerio y aún ahora se me eriza la piel al pensar que estaban compartiendo ese momento de felicidad con las personas que han amado y que por cuestiones naturales ya no se encuentran físicamente a su lado.

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Vivir en Turquía: prejuicios y primeras impresiones

Este artículo es de Carmen, una lectora andaluza a la que animé a escribir tras enterarme de que vivía en Turquía. Siempre que conozco a alguien que ha abandonado España me gusta saber qué le llevó a decidirse por un país y no otro.

¡Disfrutad!

Judith

Cuando la gente me pregunta por qué me vine a vivir a Turquía, tengo que pedirles que se sienten porque va para largo. Seré escueta: jamás me propuse la idea de venir aquí pero, más que casualidad, a mí me gusta llamarlo destino.

Cómo llegué a vivir en Turquía

Escogí Turquía como destino Erasmus pero, al mes y medio de estar aquí, cuando iba a cambiar algunas asignaturas, se dieron cuenta de que en realidad todo había sido un error informático y de papeleo: no existía ningún acuerdo entre mi universidad de origen y la de aquí. Moví cielo y tierra hasta que por fin se solucionó todo (de aquella manera) y pude quedarme.

En realidad no tenía ninguna idea presupuesta del país al que me venía, así que la cultura y la forma de vida me vinieron de golpe, como un papel en blanco en el que empiezas a escribir brutalmente, a pintarlo, a romperlo, a pegarlo… todo a la vez. Cada día aquí es totalmente diferente y único.

Actualmente me encuentro en Estambul, y he de decir que es una maravilla de ciudad. Es totalmente diferente al resto de ciudades turcas. La mezcla de gente de todos los rincones del mundo hace que salgas cada día a la calle sin saber qué puede pasar.

Estambul turquía

Vista desde el Bósforo del barrio de Sultanahmet, con la Mezquita Azul a la izquierda y Santa Sofía a la derecha

Prejuicios y primeras impresiones

Hay muchos prejuicios a la hora de hablar sobre Turquía. Cuando le decía a la gente de España que iba a venirme a vivir aquí, automáticamente salían advertencias tipo “¡pero que te van a poner un burka!” o “cuidado que la gente allí no es de fiar ,¡que son muy árabes!” (que digo yo que qué tendrá de malo ser árabe, pero bueno…).

Os sorprendería la cantidad de similitudes que existen entre los españoles y los turcos. Y si eres del sur de España, todavía más.

Resulta sorprendente el cariño con el que te acogen aún sin conocerte, te abren las puertas de sus casas sin pedirte nada a cambio. Les encanta que conozcas su cultura, su forma de vida y siempre están dispuestos a ayudarte.

Si acabas quedándote en casa de los padres de alguna amiga o amigo turco, prepárate porque te vas a hartar de comer. ¡Y qué comida, madre mía! Aquí alimentos que provengan del cerdo no hay, pero no los vas a echar en falta, sobretodo a la hora de desayunar: nada de tostadita con aceite y café, aquí hay tomates, pepinos, mil tipos de queso, mermeladas, tortillas, pisto de verduras… y té. Mucho, pero que mucho té. Y empezando así el día, ya os podéis imaginar lo que viene después.

estambul desayunar

Típico desayuno turco

A muchos turcos les sorprende que quiera vivir aquí, porque como sabréis últimamente hay algún que otro problemilla, y ellos no están muy contentos tampoco con el gobierno… pero qué queréis que os diga, más que en Alemania, Inglaterra, o Francia, yo me siento aquí como en casa. Este lugar tiene magia, os lo juro (parezco una hippie bohemia, ¡pero es que es verdad!).

Una de las cosas que más me gusta hacer de vez en cuando es cruzar de la parte Europea a la parte asiática en barco. Eso de estar en medio de dos continentes, cruzando el Bósforo, y ver Estambul desde una panorámica inmejorable, os lo juro que no tiene precio. Bueno sí, 1.17€ el viaje. 0.74 céntimos si tenéis la Istanbul Kart (algo así como el bonobús pero que sirve para todo, metro, ferry, autobuses, metrobús…). ¡Vamos, que así quién no va a querer quedarse aquí!

Estambul

Arte callejero en Turquía

Pero bueno, fuera moñadas y melancolías varias, que me pongo tierna. Podría tirarme horas escribiendo sobre la música, la comida, la forma de vida, el Bósforo, las mezquitas, etc… Peeero, como se trata de un blog de curiosidades, voy a centrarme en el tema que hasta ahora sigue siendo una gran incógnita para mí: los hombres turcos.

Salir con un hombre o con una mujer turca

Si bien es cierto que es un país más abierto de mente de lo que pensamos en el exterior, también es verdad que hay personas que son un poco más recatadas que el resto. Por ese mismo motivo, cada vez que ven una extranjera parece que en su mente nos imaginen dispuestas a tener sexo con cualquier desconocido. Que sí, que hay excepciones, pero a ver, más o menos es lo que hay.

Para que os hagáis una idea, os dejo un vídeo ilustrativo de lo que os podéis encontrar en ciertas zonas:

Me harto de reír con el vídeo cada vez que lo veo, porque es imposible que vivas en Turquía y no te haya pasado algo así al menos una vez. Y en directo es todavía más exagerado.

Lo increíble viene después: a pesar de los prejuicios que yo podía tener ante una actitud así, los turcos resultan ser súper moñas-románticos-empalagosos-diabetesatope. Modo extremo.

¿Le das la mano a uno en la primera cita? ¡Ya sois novios! Para entendernos, lo que nosotros llamamos “rollito de verano”, ellos lo entienden como “hola, os presento a mi novia a la que amo con toda mi alma desde la primera vez que la vi, hace tres horas” (me gusta exagerar un poco, normalmente son unas doce).

Pongo el ejemplo de los hombres, pero con las mujeres ocurre igual. De todas formas, si vais a vivir aquí no os preocupéis en si vais a romperles el corazón: a los dos días encuentran a otro/a y ya están enamorados de nuevo.

¿Qué tendrá el aire de Turquía para que fluya tanto amor? ¿Será el té? ¿Serán los rezos de las mezquitas, que nos hipnotizan? ¿Serán los dulces típicos, que llevan demasiada azúcar glas? Yo no sé qué será lo que tiene, bueno en verdad sí lo sé: veinte mil encantos más, aparte de tonterías del estilo que os he contado. Así que tened cuidado y traed pocas pertenencias cuando vengáis de visita, que corréis el riesgo de querer quedaros para siempre.

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Termino el post dejando aquí mi último vídeo en Youtube, aunque no tiene nada que ver con Turquía, se llama “Tener un gato” y, como siempre: ¡si os hace reír me doy por satisfecha! 🙂