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Cómo viajar de mochilero sin parecer un novato

Muchos de vosotros me habéis preguntado cómo viajar de mochilero y qué viajes mochileros os recomendaría hacer – yo sólo he hecho dos o tres y no creo que tenga la suficiente experiencia, pero mi amigo Antoñito, de Inteligencia Viajera, es todo un experto en coger la mochila y desaparecer de casa, así que le animé a escribir un post para todos y aquí lo tenéis.

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El cementerio de Ludwigsburg y la II Guerra Mundial

Cementerio Ludwigsburg

¡Ajá! Pensasteis que ya no publicaba y me cargaba el reto de escribir cada día… ¡HEREJES!
No, lo cierto es que he decidido dejar de lado ese objetivo, para no cansar, y ofrecer sólo contenido de calidad en lugar de cantidad. En su lugar he incluido el objetivo de dedicarme más a Youtube y empezar con los vídeos.

Aquí os dejo el artículo de Elisabet, una de mis primeras lectoras y autora del blog “Crónicas Germánicas“, perfecto si estás pensando en mudarte a Alemania o si te apetece conocer curiosidades accesibles sólo para las personas que viven ahí… ¡Disfrutad! 🙂

La verdad es que he estado en pocos cementerios.

Y, hasta hoy, si me hubiesen hecho imaginar lo que en ellos puedes encontrarte, mi mente seguramente hubiera dibujado cientos de nichos, uno al lado y encima de otro, en bloques de líneas uniformes en los que los que allí se encuentran descansan en paz.

Inevitablemente, también mi mente me llevaría a imaginar que quienes allí se encuentran han sido llevados puesto que su larga vida ha exhalado su último suspiro.

Pues bien, todos estos imaginarios pensamientos se vinieron abajo el primer día que pisé el cementerio de nuestra nueva ciudad de adopción. Una ciudad ubicada a 12 Km de Stuttgart en el estado federal alemán de Baden-Württemberg, Ludwigsburg.
Lo primero que llama la atención, es que se encuentra situado en medio de la ciudad, con fácil acceso para penetrar en él. De todas formas, en realidad no es lo que más llama la atención, puesto que lo que lo hace es esta cifra inscrita en la puerta:

Cementerio Segunda Guerra Mundial

Te aseguro que el momento en el que ves esta imagen te das cuenta de que la memoria de un pueblo está verdaderamente arraigada en su historia. Y no sólo te sobresaltas y se te pone la piel de gallina la primera vez que la miras, sino cada vez que la ves.

De manera que, siendo accesible y con esta imagen, es inevitable entrar en el recinto del cementerio de Ludwigsburg.

Los cementerios alemanes y la naturaleza

De la misma forma que el resto de cementerios alemanes en los que he estado, no encontramos nichos acumulados unos encima de otros, sino tumbas cuidadosamente colocadas y enredadas con la naturaleza.

La sección que más impacta es la situada al lado de la puerta con la inscripción 1939 – 1945. Dicha sección acoge infinidad de tumbas que, a priori, podrían pertenecer a personas que, por ley de vida, la suya hubiese llegado a su fin después de largos años.

Digo “a priori” puesto que se trata de tumbas de niños. Niños que fueron derrotados en aquella época en una de las batallas y descubiertos posteriormente en Siberia. Y al ser descubiertos les devolvieron a Alemania. Tumbas de niños que, la mayoría de ellos, no superan los veinte años de edad.



Incluso encontramos un homenaje especial en memoria de ellos:

Una de las frases lapidarias más estremecedoras se sitúa en la misma zona:
Kurz ist der Schmerz
Und
Evig ist die Freude
Que significa algo así como: “Corto es el dolor y la alegría es para siempre”.

Como contrapartida, el paisaje que ofrece la naturaleza rodea y configura el recinto del cementerio, que es capaz de brillar en cada estación del año, sacando lo mejor de sí. En primavera, los árboles presentes en el lugar se ven más altos que nunca y lucen sus luminosos colores en sus hojas. Así:

Parece como si la naturaleza misma pudiese acogerles de la mejor forma posible para siempre…

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Turismo en Marruecos: la doble cara de su seguridad

Turismo en Marruecos

Me presento. Soy Carlota, una ingeniera burgalesa de 24 años que en pocos días empezará a trabajar ‘de lo suyo’ mientras da clases a chavales, estudia para ser profesora con contrato y da cuerpo a un proyecto sobre la inmigración ilegal de menores desde Marruecos. Hoy vengo a hablaros, precisamente, del Turismo en Marruecos.

Hoy vengo a hablaros de turismo en marruecos

En 2010 bajé al moro por primera vez con unas amigas y en menos de dos años ya había vuelto 5 veces.

Al terminar la carrera, por inercia, me marché a vivir a Londres. Conocía bien la ciudad antes de llegar pero no tardé ni 4 meses en hartarme de todo. Estuve en el lugar adecuado en el momento oportuno y, de la noche a la mañana, cogí mis cosas y me planté a vivir en Rabat.

Marruecos, lejos de lo que la gente pueda pensar, es un país increíble, tranquilo pero con mucha vida, hospitalario y muy amable. Un lugar que sacude la vida de todo aquel que viaja con la mente abierta pero, sobretodo, con ganas de ser mejor persona.

Son muchos los prejuicios que existen hacia los marroquís y hacia su cultura, pero casi todo que se sabe sobre ellos, se sabe mal. La mala fama les precede y, en la inmensa mayoría de los casos, es tremendamente injusta. No digo que sea el mejor país del mundo, es evidente que se hacen muchas cosas mal, pero si pueden ser corregidas… ¿por qué no formar parte de esa labor?


Turismo en Marruecos: La Extrema Seguridad al Turista

Si hay algo que ha marcado muchas de nuestras experiencias en Marruecos es la corrupción policial que hay allá donde mires. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, existe una gran protección al turista y a diario pasean decenas de policías vestidos de paisanos para velar por la seguridad del visitante.
Si tienes el pasaporte rojo, como dicen ellos, tranquilo, que muy torpe tienes que ser para que te ocurra algo malo.

Otro tema es cuando se trata de cuidar de sus propios ciudadanos… Se han creado una gran cantidad de leyes absurdas que cortan la libertad de los habitantes de este país y dificultan su ‘día a día’.

Aquella noche en Marrakech le preguntamos a nuestro amigo Abdul (Pedro para los amigos) cómo llegar a un hostal. Él no podía llevarnos porque estaba trabajando y cualquier indicación que nos fuera a dar dentro de la laberíntica medina era absurda. Así que le pidió a un colega que nos llevara y, cuando nos disponíamos a seguirlo, nos advirtió: “No, ¡no! Que vaya el 4 pasos delante de vosotras, que si la policía le ve puede pensar que está haciendo de falso-guía y la liamos.”

Aquel día en el zoco hubo una discusión entre un turista y el dueño de una de las tiendas. La cosa se puso fea y el dependiente le gritó, con un inglés perfecto, “Fuck you”. Casualidades de la vida, dos policías de incógnito pasaban por allí y se lo llevaron detenido.

Aquellas tardes en las playas de Essaouira, disfrutando del ambiente que allí se respira. Si la policía ve a un turista fumando hachís, kifi o lo que caiga, como mucho te van a hacer un gesto invitándote a ‘que no se note tanto lo que estás haciendo’. Sin embargo, si el que fuma, o incluso bebe, es un marroquí, unas cuántas noches en el calabozo no se las quita nadie.

Aquel día volviendo de Sidi Harazm, ochenta y la madre en un mismo coche nos pararon. Si eres lo suficientemente blanquito… machi muskil, amego. Los policías se quedan ciegos por un momento. Pero si no, oficialmente se te cae el pelo. Siempre y cuando no tengas a mano 50 dirhams (5 eurillos) que el señor agente los cogerá amablemente y hará como si allí no hubiera pasado nada.

Aquellas madrugadas en el puerto de Tánger, con jóvenes peleando por meterse en los bajos de un camión rumbo a España. El pequeño al que pillen tiene unos cuantos palos más que asegurados, por si se le vuelve a ocurrir intentarlo. A no ser que, nuevamente, los chavales tengan unos cuántos dirhams por ahí sueltos y ahí ya la cosa cambia.

Aquella mañana en la playa de Tánger, jugando con el balón. Al policía que rondaba por allí le debió gustar mucho y, después de dos avisos, vino en su quad y nos lo robó, alegando que aquel no era un sitio para estar con la pelota. Estoy segura de que si sólo hubiera habido pelirrojas jugando no sólo no se la hubiera llevado sino que se hubiera unido al juego, que les gusta mucho una rubia. Pero no fue el caso. Durante esos días volvimos tres veces a por ella y no la hubiéramos recuperado si no fuera porque un colega tenía sus ‘contactos’ en la playa.

Pero, sin duda, la mejor experiencia con la policía fue en Fez.

El Día que la Policía Pensó que una Familia Marroquí me había Secuestrado

Habíamos salido a comprar algo de comida en la medina y yo no cogí ni el pasaporte ni el DNI. Iba con mi amigos Pablo y Abdillah caminando por la calle y un furgón de policía paró al lado nuestro.
La cosa empezó como una conversación normal pero acabó en una discusión en árabe, para más INRI, difícil de olvidar. Con unos cuántos curiosos alrededor, nos invitaron a entrar en el vehículo. Uno de los guardias llevaba una gorra de la armada americana y fue entonces cuando pensé que aquello se ponía interesante.
Mientras ladraban y, supongo, intentaban demostrar su autoridad, nos miraban a los dos europeos con cara de “¿Qué hacéis vosotros en este barrio?”
En ningún momento sentí que algo serio fuera a pasar, pero tampoco fue la situación más cómoda de mi vida. Yo trataba de entender qué estaba ocurriendo, sentada en mi asiento que estaba hecho unos zorros, mientras Pablo, que era su primera vez en Marruecos, me preguntaba que si podríamos hacernos una foto con los guardias.
Nos llevaron a una comisaría que no se la deseo a nadie. Todo estaba muy oscuro y olía a cerrado que echaba para atrás. Sólo había una mesa de madera antigua en la que nos esperaba otro guardia, un banco de madera en el que estuvimos que esperar un buen rato, disfrutando del fresquito que hacía en un sitio tan acogedor, y una foto del rey, al que seguramente no le gustaría ni un pelo leer todo esto.

Ese mañana no tendrían mucha gente a la que tocar las narices y decidieron pasar el rato con nosotros. Fue divertido, la verdad.
Nos pidieron la documentación y Pablo al menos llevaba su DNI pero yo no llevaba ni vaselina. Contra todo pronóstico, eso dio completamente igual porque al viajero, igual que al rico, se le perdona todo. Lo importante era que estábamos viviendo en una casa y no nos habíamos registrado. ¿Que qué es eso de registrarse? Chorradas.

Si vas a hospedarte unos días en casa de alguien dice la ley que debes registrarte en la ‘Gendarmerie’ para así estar más seguro. Y más controlado también. Digamos que la familia que te acoge debe firmar una autorización, sellada por las autoridades, de manera que ellos se comprometen a hacerse responsables de lo que a ti te pueda ocurrir. El control y la dictadura que viven los ciudadanos quizá no se vea a gran escala, pero sí en pequeños detalles que hacen que la gente no tenga libertad total.
Se me olvidaba; esto sólo pasa si te alojas con una familia pobre. Son la mayoría en Marruecos y a las autoridades les hace especial ilusión tocarles la moral cada día. Si la familia es rica no hay de qué preocuparse.

Abdillah se quedó fuera discutiendo con un par de guardias y el policía que estaba dentro con nosotros se llevó el DNI de Pablo y tardó en volver el tiempo necesario para que empezara a oler a caquita. Nos hicieron preguntas sobre nuestro vuelo de vuelta y por un momento pensé que no nos iban a dejar coger ese avión… Pablo no dejaba de hacer bromas y prometió enviarme comida y mantas desde España para hacerme más llevadera la estancia en ese hoyo.

Entonces llegó otro policía, al que aún no habíamos visto, y se quedó parado delante de nosotros, con la misma actitud que se queda un profesor en primaria cuando haces algo mal. Nos preguntó de todo en francés, igual que hacían todos por allí. Cuando por fin se quisieron dar cuenta de que aquel no era nuestro idioma llamaron a otro para que viniera. Este último hablaba inglés y, después de explicarle que no estábamos en aquel barrio porque alguien nos hubiera secuestrado, terminé enseñándole algunas fotos de mi cámara para que viera que nuestro testimonio era cierto; que llevábamos varios días allí y que estábamos por voluntad propia.

La situación pasó entonces a ser un poco menos tensa, hasta tal punto que llegaron a hacer alarde de su carácter marroquí y les faltó invitarnos a quedarnos para tomar un té todos juntos. Nos pidieron perdón por las molestias y se despidieron deseándonos que tuviéramos un buen día.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí pero lo que está claro es que si hubiéramos querido darles unos cuántos dirhams, nos hubiéramos ahorrado toda la parafernalia.
A la mañana siguiente tuvimos que ir a la comisaría oficial de la zona centro, un lugar enorme, muy limpio y perfectamente cuidado, para llevar la dichosa autorización firmada y sellada. Y, al fin, se quedaron contentos y satisfechos.

Con esto no quiero asustar al personal ni quitar las ganas a nadie de alojarse con una familia. Al contrario. Si los anfitriones te piden que hagas el papel, obviamente se debe hacer. Lo único que hay que hacer es poner el número de tu pasaporte con tus datos y firmar. Pero lo más probable es que no lo hagan y, si ese día le apetece al policía de turno tocar las narices, como mucho vas a acabar en comisaría de mala muerte, explicándole al guardia que ese morito que va contigo no te ha secuestrado, ni te ha robado, ni te ha forzado. Que no llevas documentación encima porque has salido sólo a dar una vuelta, y que estás absolutamente encantada de estar en un país que vela tanto por la seguridad de sus queridos turistas

Espero que hayas disfrutado de este post tan sincero sobre el turismo en Marruecos. Si quieres seguir a Carlota, puedes hacerlo aquí

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Aventuras en Solentiname, el archipiélago dulce

Grabados Precolombinos

El autor que relata esta súper aventura es mi viejo amigo de la escuela Adrian Gartzke. No os imagináis la ilusión que me hizo que quisiera escribir una anécdota, porque sé cómo es de divertido, porque sabía que había estado en Nicaragua y porque me imaginaba que había vivido por ahí mil aventuras. Por cierto, un momento cumbre para mí fue cuando recibí hace dos semanas un mensaje de su padre diciéndome que se partía con el blog.
Comparto el artículo hoy en lugar del miércoles, porque ya casi tengo terminado el vídeo de A Coruña y lo publicaré mañana.

Disfrutad del escrito y de las fotografías. ¡Gracias Adri!

Hace dos años estuve algo más de seis meses en Nicaragua, cooperando con una ONG. Aprovechando que tenía que salir a Costa Rica para luego volver a entrar y renovar el visado, hice algunas paraditas turísticas por el camino. Una de ellas, y creo que la más mágica, fue una corta pero intensa visita a Solentiname.

Solentiname es un pequeño archipiélago compuesto por 4 islas principales y otras 32 más pequeñas. A diferencia de la mayoría de archipiélagos, no se encuentra en el mar, sino en El Gran Lago de Nicaragua, caracterizado por ser el segundo lago más grande de América Latina (supera en extensión a la provincia de Barcelona) y albergar la única especie de tiburón de agua dulce conocida. Además de ser una reserva espectacular de flora y fauna, también lo es de historia y cultura, pues se han encontrado esculturas y grabados precolombinos. Si ya en Nicaragua la explotación turística está muy limitada, en estas islas lo está mucho más, dándole un toque de pureza y tranquilidad que en pocos sitios puede encontrarse.

Grabados Precolombinos

Grabados precolombinos

Mínimo presupuesto, máximo disfrute

Desembarqué en la isla principal, Mancarrón, con la idea de (sobre)vivir tres días con lo puesto, un rollo un poco entre Mowgli de El Libro de la Selva y el Último Superviviente (pero sin comer mierda). Para ello llevaba en la mochila la ropa más que justa, un botiquín-neceser básico, una hamaca, una manta, comida de sobras y una pequeña olla. No es solamente que sea rata (que lo soy, y hasta límites insospechados) y prefiera viajar más a costa de reducir lujos, también me lo paso como un chiquillo buscándome la vida para dormir o comer como sea. He de reconocer que echándole morro todo sería más fácil, pero no es mi caso; yo soy más de intentar dar algo de pena, a ver si alguna alma caritativa se apiada de mí y me ofrece alojamiento y/o comida, y si no se da el caso, pues tampoco pasa nada.

Embarcadero de la isla de Mancarrón

Calle y casas típicas

La primera noche funcionó la técnica. Mientras cenaba a oscuras en el parque infantil del pueblo, un buen hombre se me acercó y preguntó si no tenía sitio para dormir, que había algún alojamiento en la isla. Tras comentarle que no quería gastar mucho dinero y preguntarle si era posible dormir con la hamaca por allí en medio, me ofreció colgarla en el porche de su casa. A la mañana siguiente me enseñó muy amablemente el local del gremio de artesanos de la isla (todas las familias se dedican a tallar y pintar figuritas de madera) y le compré un llavero como agradecimiento, que me costó 20 córdobas (unos 70 céntimos de euro, así que no había excusa). Me fue de perlas aquella noche para avivar la hoguera. Es broma, aún lo conservo.

Durante el día me dediqué a explorar la isla. Paré para comer en unas rocas junto al agua, en frente de un pequeño islote de no más de 50 metros de largo con una sola casa, me di unos baños, aproveché para pasarme un poco de jabón a modo de protocolo y me relajé. Al momento, vi que una barquita con un hombre y un niño venía hacia mí desde el islote; el primero estaba sorprendido porque me había visto hacer fuego para cocinar (se pensaría que lo había hecho picando piedras o frotando palos, porque amontonar ramas y prenderlas con un mechero no creo que sea tan complicado), el segundo estaba sorprendido simplemente de tenerme delante. Me llevaron a su islita, me enseñaron la casa, me presentaron a la familia, me dieron mazorcas para comer y al rato me devolvieron a la isla. ¡Toda una experiencia sin haberla buscado!

El niño alucinaba, algo miedoso, con todos y cada uno de mis movimientos

Aquella noche no di pena a nadie y acabé durmiendo entre dos árboles cerca de la escuela. Me despertaron dos campesinos por la mañana (machetes en mano) preguntando si no me daba apuro dormir ahí solo y se fueron tras obtener un perezoso no por respuesta. Al igual que muchos de los que estáis leyendo esto, creo que la población de aquella isla me tomaba un poco por loco, o rarito como mínimo.

Mi habitación (incluye manta con estampados horteras)

Esa mañana me dediqué a buscar a alguien que me acompañara al punto más alto de la isla, pues el día anterior había intentado llegar solo y había sido un fracaso estrepitoso. Uno de los hijos de una casa en la que entré a preguntar se ofreció, después le daría algo de dinero. No había camino (¡y yo que pretendía llegar solo!) y tuvo que ir abriéndolo a machetazos, pero valió la pena: las vistas eran únicas. Lo que no sospechaba yo era que la fascinación ante tal paisaje sería el desencadenante de una de las anécdotas más surrealistas que hoy puedo contar.

Ganas incontenibles de estar allí abajo

Cuando la aventura casi pierde la gracia

Por la tarde, me dispuse a alquilar una canoa con la idea de llegar al lugar que he mostrado en la fotografía anterior, que se encontraba en la punta contraria a la zona habitada de la isla; aprovechando que tenía que ir hasta el punto más lejano, me pareció buena idea dar la vuelta completa. Tras preguntar a varias personas cuánto podía tardar en rodear la isla y calcular una media de 3 o 4 horas, alquilé una canoa y emprendí la marcha. Como consejo, cuando preguntéis cosas de este estilo, pensad a qué se dedica la gente que os contesta: puede que una actividad no suponga la misma dificultad para ti que para ellos, que la practican diariamente para desplazarse o conseguir alimento. Ya os podéis imaginar por dónde van los tiros…

Aquello era idílico, no podía parar de hacer fotos a la vegetación y animales que veía desde el agua; de vez en cuando saltaba para refrescarme o me paraba en algún rincón a contemplar. A ratos llovía, pero me daba absolutamente igual.

Al fin llegué al lugar que había visto desde arriba por la mañana. Me metí con la canoa entre los caminos que formaban las plantas flotantes, la calma era absoluta… Pero tocaba darse prisa: el tiempo empeoraba, llevaba ya 3 horas sobre la canoa y algo del tamaño de ésta se movía bajo la superficie del agua a mi paso.

Ya está contento el nene

Empecé a remar siguiendo la ruta circular, si no me paraba más debería estar en el poblado en 1 o 2 horas. Al llegar al otro lado de la isla el tiempo era peor, bufaba más viento (en contra, claro), se empezaban a formar pequeñas olas y llovía. Al cabo de un rato, ya algo cansado de remar con el viento y el oleaje de cara, me paré junto a unos árboles de la orilla a comer una naranja y reponer fuerzas; alguien me saludaba muy efusivamente desde un punto alto de la ladera, pero al no entender el porqué y no oír nada por culpa del viento, seguí con mi camino. Pero la cosa iba cada vez a peor… Me crucé con un hombre que remaba en sentido contrario (inteligentemente a favor del viento) y me dijo que me quedaba una hora, así que continué con alivio…

¡Y una puñetera mierda una hora! ¡Pasados 60 minutos seguía remando como un condenado y no llegaba! El tiempo era horrible, a penas podía avanzar, y cuando paraba de remar para recuperarme físicamente, me iba hacia atrás. Y por si fuera poco, empezaba a oscurecer… ¡Desesperante! Tenía que seguir, pero estaba tan cansado que no podía. Con cada golpe de remo, me entraban calambrazos en los brazos y se me quedaban engarrotados, sin poder doblarlos o extenderlos por unos segundos. No podía creer que me estuviera pasando aquello…

Empecé a pensar en que tendría que pasar la noche por allí, pero ¿cómo? No había playas en la orilla, solo bosque, y yo iba en chanclas, bañador y camiseta sin mangas, perfecto para tumbarme sobre el suelo y ser mordido por todo tipo de animales. Podía quedarme en la canoa, pero corría el riesgo de dormirme y ser arrastrado por la corriente lago adentro. Y además de pasar mala noche tendría que pagar un día más de alquiler… ¡Horrible!

Nunca pensé que tendría que recurrir a esto, pero sólo me quedaba pedir auxilio. Empecé a gritar hacia la costa (sí, hacia la densa vegetación sin indicio alguno de presencia humana), alternando las palabras “¡Socorro!”, “¡Auxilio!” y “¡Ayuda!” para darle un poco más de comicidad al momento. ¿Sabéis el típico pringadillo de película mala al que están a punto de asesinar en algún lugar solitario y pide ayuda, y tú piensas: “¡Pero si no te escucha nadie, imbécil!”? Pues bien, ése era yo.

No sé cuánto tiempo estuve entre gritos y nuevos intentos fracasados de seguir la marcha, pero todo acabó cuando vi una lancha a unos metros. Hice señas y vinieron hacia mí. Después de hacerme la inútil pregunta de “¿Quiere que le llevemos o ya llega usted?” (viendo la cara de náufrago que llevaba), me subí a la lancha, canoa incluida, y llegamos al poblado. El trozo que quedaba no era precisamente poco… ¡Vaya suerte la mía!

Llegué ya de noche a la casa que había visitado aquella mañana buscando un guía para subir a la montaña, donde tenía mi mochila guardada, unas 6 horas después. Tras explicarles la historia y sorprenderlos por haber ido tan lento, me dijeron que me habían visto parado en la orilla y me habían intentado decir que si me esperaba podía volver con ellos en su bote motorizado… ¡Ya decía yo que era raro que alguien me saludase con tanto ímpetu! En fin…

Aquella noche volví a dar pena (como para no dar) y cené en su casa. Me ofrecieron también dormir dentro, en un colchón, pero viendo la cantidad de personas que había ya en la casa y lo pequeña que era, me supo mal y colgué la hamaca en el porche. Dormí como un tronco (un tronco flotando en un lago y dando vueltas a una isla, más concretamente) y, sorprendentemente, me desperté sin secuelas físicas. Aún no había salido el sol cuando cogí un bote y abandoné aquel fantástico lugar que, pese a todo, tanto me había hecho disfrutar.

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Chapurreando tailandés para no dormir en el monte

¡Hola a todos! Soy Mónica.

Vivo en Berlín pasando frío, haciendo manualidades y tratando que no se disuelvan los grumos del Colacao. En mi blog Cortar, Coser y Crear cuento mis peripecias, alguna receta que otra e incluso a veces se me va la cabeza y cuelgo un par de fotos mías cual famosa egoblogger. Si me queréis conocer mejor, ya sabéis por donde ando.

Os voy a contar una historieta que ocurrió hace ya unos cuantos años, pero que siempre que la recuerdo me hace sonreír.
A mí me gusta viajar, y ya sea por trabajo, por placer o porque no hay más remedio (ahora) he estado en muchos países diferentes.
La historia que os voy a contar transcurre en los alrededores de Chiang Mai, una turística ciudad del interior de Tailandia. Allí estaba yo con mi por entonces novio, y su hermana. Nos fuimos los tres a la aventura, con tres mochilas y una Lonely Planet. El viaje fue muy divertido, Tailandia es un país ideal para mochileros, pero… en Chiang Mai lo pasamos un poco mal… sobre todo Carlos, que era siempre nuestro “intérprete”.

Visitando el Parque Nacional de Doi Inthanon

Después de visitar Chiang Mai, pasear en elefante, hacer rafting en aguas bravas y disfrutar de masajes a todas horas, nos quedamos sin cosas que hacer. Así que tiramos de guía y Carlos decidió que sería una buena idea visitar el Parque Nacional De Doi Inthanon. Nosotras (la hermana y yo) estuvimos de acuerdo. Lo que no sabíamos era que Carlos quería coger un transporte público tai en lugar de los típicos buses para turistas. Pero al día siguiente nos enteramos…

Llegamos a la estación y el autobús más nuevo debía tener como 50 años. Ni en Cuéntame se ven buses más viejos. Eso sí, el billete era barato (no me extraña, ¡ya podía serlo!)

autobús tailandés

Y allí que nos subimos los tres. La verdad es que Sonia, la hermana de Carlos, no estaba muy contenta. Según ella era un suicidio ir al monte más alto de Tailandia en una chatarra como aquella. Y yo estaba un poco de acuerdo, no lo voy a negar, porque mucha confianza no me daba. Además teniendo en cuenta cómo conducen allí, sí que daba un poco de miedo, sí.
Sin embargo, cuál fue la sorpresa cuando arrancó el bus y la velocidad crucero que cogió no debía sobrepasar la velocidad de mi “bien adiestrado” perro Shinchan cuando le llamo para meterlo en la bañera. Iba lento. Pero lento, lento. De hecho viajábamos… ¡con la puerta abierta!

puerta abierta bus tailandés

Al final llegamos a la última parada, donde descubrimos el templo budista Wat Phra That Si Chom Thong Worawihan (gracias wikipedia) y tras dar un par de vueltas por la zona nos pusimos a investigar cómo se podía subir a la entrada del parque nacional. Al parecer solo se podía subir en taxi, así que cogimos uno de los muchos que había y tras regatear el precio, nos dejó en la entrada.
El parque nacional era fantástico: río, selva, montaña, cascadas… Una maravilla de la naturaleza. Estuvimos varias horas haciendo de montañeros y cuando se empezó a hacer tarde, decidimos deshacer el camino.

Monica

Tardamos infinito, estábamos cansadas y además empezaba a hacerse tarde, pero al final llegamos de nuevo a la entrada. Sin embargo, ¡sorpresa!, no había nadie, ni turistas, ni taxis solo los chicos de las taquillas.

Chapurreando tailandés para no dormir en el monte

Uy, uy, la cosa se complicaba.

En lo alto de la montaña y sin forma de llegar a la parada del autobús. Intentamos hablar con el chico de la taquilla pero solo chapurreaba algo de inglés. Entre sus 10 palabras en este idioma y las 10 palabras en Tai de Carlos, conseguimos explicarle que queríamos volver a la estación del bus. El chico dijo que no había forma, pero que él nos podía acercar por un módico precio… o eso es lo que entendimos, vaya. Aceptamos.

El chico desapareció, le fue a pedir el coche a otro de los trabajadores que había por allí y nos metimos dentro. Pero no teníamos muy claro si nos iba a llevar al bus, a la ciudad, a su casa, a una agencia de viajes o de paseo por el parque porque cogimos otro camino de vuelta. Así que Carlos se vino arriba e intentó “hablar” con el improvisado taxista para explicarle, de nuevo, que queríamos ir al bus. Por supuesto, grabé un vídeo inmortalizando el momento.

Conversación épica, Carlos en su pseudo-tai diciéndole dónde queríamos ir, sudando la gota fría, y pensando “en qué lío nos estamos metiendo…”.

La cosa duró un rato más y fue suficiente para que a Sonia y a mí se nos pasase el miedo y nos partiéramos de risa en los asientos de atrás.

Parece que la conversación fue efectiva o que el chico pensó que no podría sacarnos mucho más dinero, pero todo tuvo un final feliz y al final nos dejó en una parada del bus.

Y luego cuando llegó el autobús, resultó ir tan lleno que Carlos tuvo la suerte de poder seguir practicando su tai porque el conductor le invitó a sentarse a su lado, jijijiji.

Carlos volviendo de Wat Phra That Si Chom Thong Worawihan

¡Espero que hayáis divertido! Hubo muchas otras historias divertidas (y documentadas) en ese viaje. Si os apetece otro día os cuento alguna otra. Un beso muy grande, ¡hasta la próxima!

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